Castaño y Valverde cortaron un oreja cada uno
Joselillo, ante su primer toro, en un lance de capa rodilla en tierra. MAURICIO PEÑA
PERELETEGUI León
Contra lo que cabía esperar o, mejor aún, lo que sería deseable, la asistencia de espectadores ayer al coso de El Parque resultó muy floja. Un balance difícil de explicar, y menos aún de justificar. Porque no siempre el éxito es exclusivo de las corridas en que se acartelan las figuras, y porque en estos otros festejos de toreros de escalones inferiores suelen lidiarse reses más ofensivas, hecho que en todo momento satisface al aficionado.
Los seis toros de San Miguel, cumplidos de peso y con desarrolladas defensas, fueron fieles a cuanto queda dicho. El primero de suave embestida, no tuvo fuerza alguna. El segundo, muy flojo de fuerzas, acabó defendiéndose. Pronto y repetidor el tercero, que fue sin clase al caballo, se dolió en banderillas y sufrió un volatín en el tercio final. El cuarto empujó con fuerza al caballo de picar, pero tuvo complicaciones en la muleta, midiendo al torero. Blanco el quinto, que no humilló ni tuvo una embestida clara, pitándosele en el arrastre. El sexto comenzó frenándose y evidenció mansedumbre durante toda su lidia, echándose de aburrimiento. Javier Castaño, de verde manzana y oro, estocada (oreja). En el cuarto, pinchazo y estocada (ovación).
Javier Valverde, de grana y oro, pinchazo y casi entera (oreja). En el quinto, cuatro pinchazos y descabello (silencios).
Joselillo, de celeste y oro, que se presentó en nuestra plaza, estoconazo (oreja). En el sexto, estocada (ovación).
La presidencia estuvo a cargo de Santiago García Guisasola, asesorado por Ricardo Ferradal y el profesional veterinario José Ramón García Gómez.
Comenzó el festejo con el gesto, no frecuente en Javier Castaño, pero inequívoco de su decisión y entrega, de esperar a su primer toro de rodillas y a portagayola. El animal se paró al llegar a la jurisdicción del torero, que no tuvo otra opción que la de irse del frustrado encuentro, perseguido por su oponente. Pero ahí quedó presentada su tarjeta de visita. Luego, muleta en mano y con las dos rodillas en tierra, un principio de valor que prosiguió con derechazos templados y largos, circulares y un intento de torear al natural cuando al toro le faltaba el fuelle. Y cuando dejó de embestir, de nuevo su inveterada valentía, de pie y de hinojos. Así hay que venir a la plaza.
Brindó Castaño –dejando la montera boca arriba– al público la muerte del cuarto, y en los medios hizo lo que cabía: estar valiente y muy por encima de un toro que, estando como estuvo nuestro paisano tan cerca de los pitones, pudo darle más de un susto. Y con la espada, de nuevo rápido y seguro.
Javier Valverde se hizo aplaudir con el capote y más aún con la franela, sobre todo a ligar series de derechazos de excelente trazo y naturales con cadencia. En uno de ellos resultó prendido, pero volvió muy decidido a la cara y ahí fue cuando hizo vibrar a los tendidos. Al acabar con el toro hubo de ser atendido en la enfermería de un puntazo corrido en la cara interna del muslo derecho, que le impidió continuar la lidia.
Ofreció al respetable la muerte del quinto, pero pese a su voluntad de repetir el éxito del segundo, su oponente no ofreció resquicio alguno para el lucimiento.
Joselillo gustó a los aficionados y su firmeza acabó convenciendo a todos, tanto por los estatuarios con que comenzó la faena –que brindó al público–, como por las series con una y otra mano que hilvanó a continuación, para rematar su labor con doblones de torera factura. Un magnífico debut que escenificó con su triunfal actuación en el tercero de la tarde y en buena medida consolidó en el que cerró plaza, al que consintió mucho para arrancarle los muletazos que el toro no tenía, con enorme voluntad, decisión y arrojo. Bravo por este Joselillo, de idéntico apodo al que llevó aquel nuestro torero de los años 40, tantas veces recordado.