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NUEVAS TECNOLOGÍAS

Año I después de Gates

La retirada laboral del creador de Microsoft, que ahora se dedicará a la filantropía, siembra de dudas el porvenir de la mayor compañía informática del planeta

Bill Gates, frente al ya universal logotipo de Windows, el sistema operativo que domina el mercado con abrumadora superioridad. reuters

F. P. Los Ángeles
Bill Gates, el creador de Microsoft, se despidió el día 20 de junio de su trabajo a tiempo completo en la principal compañía informática del planeta. Eso sí, la ausencia del genio no afectó a su imperio, que el lunes siguiente abrió sus puestas como si nada hubiera cambiado. Eso es, al menos, lo que aseguran sus sucesores, que recuerdan que la transición fue anunciada hace dos años.
A primera vista, la única diferencia es que Gates será un director no ejecutivo, en vez de director con mando en plaza, y pasará sólo un día a la semana en su oficina.
Los nuevos mandamases -ninguno mucho más joven que el propio fundador- entremezclan cálidos homenajes con confiadas declaraciones de que todo irá bien sin él. Ray Ozzie, que sustituyó hace 24 meses a Gates como arquitecto jefe de software, el núcleo de la actividad de Microsoft, proclamaba que la compañía es tan grande que «no tiene un solo punto flaco». Steve Ballmer, el socio de toda la vida del cesante y director ejecutivo desde 2000, secunda tales palabras y afirma que la empresa «no perderá el paso» como resultado del cambio.
Sin embargo, la partida de Gates tiene un innegable valor simbólico que ninguna planificación de relaciones públicas puede paliar. Los empleados que no conocen la línea oficial de la compañía afirman, sin ningún recato, que «Bill Gates es Microsoft». Incluso la gente de otras empresas rivales está de acuerdo. «Nadie habla como Microsoft, vive como Microsoft, encarna a Microsoft como Bill Gates», comenta Charlene Li, de la consultora Forrester Research.
El gran logro de Gates desde que estableciera su compañía en 1975, ha sido -ni más ni menos- cambiar el mundo. Lo consiguió todo, excepto su famosa declaración de principios de instalar «un ordenador en cada escritorio, en cada hogar».
Además, al margen de romanticismos, los beneficios de Microsoft mantenidos en un envidiable 30 por ciento le han concedido el trono del hombre más rico del mundo por decimotercer año consecutivo, de acuerdo con la lista de la revista Fortune.
Y sí, para todos aquellos que aseguran que la revolución informática habría ocurrido de todas maneras, con o sin Gates, basta con recordarles que más del 90 por ciento de los ordenadores utiliza Windows, el producto estrella de Microsoft.
Así pues, si se suma el reinado de sus programas al éxito empresarial, es sencillo comprender por qué hay dudas sobre el relevo en el timón.
Steve Ballmer es todo un personaje, con un historial de intachable eficiencia en Microsoft, pero nunca adquirirá las dimensiones planetarias de Gates.
Por supuesto, no todo ha sido un camino de rosas, puesto que casi todas las victorias de imagen del creador tienen su reverso tenebroso en las interminables batallas antimonopolísticas en que se ha visto involucrada Microsoft. De hecho, esa obsesión por acapararlo todo es el principal argumento que esgrimen los millones de tecnócratas que odian a una compañía que no se cansan de contar encarna al verdadero imperio del mal.
Quizá para intentar borrar todas esas acusaciones casi demoníacas, Bill Gates ha elegido ahora la senda del altruismo para su nueva vida. En una demostración de que hay vida más allá de Microsoft, el empresario se dedicará a donar dinero, a promover la investigación de enfermedades poco atendidas y a encontrar formas para mejorar la vida de los pobres del mundo.
Incluso al mayor de los escépticos le será difícil argumentar que su aportación de 30.000 millones de dólares a su fundación -con la promesa de más dinero en los próximos años- es solo un gran ejercicio de relaciones públicas.
La Fundación de Bill y Melinda Gates asegura ser la organización filantrópica de mayor envergadura del mundo y, hasta ahora, nadie le ha salido al paso con un desmentido.
De todos modos, tales dispendios no parecen poner en quiebra su fortuna, ni la de su creación, puesto que, incluso si Gates solo hace una aparición semanal por el negocio, Microsoft parece poder disfrutar de buena salud por unos cuantos años más.
Sus gallinas de los huevos de oro, Windows y Office, siguen acumulando grandes sumas, al tiempo que hay nuevas empresas, sólidas y crecientes, como Xbox y Windows Server, que aportan tecnología de la información en el corazón mismo de las empresas.
La compañía obtiene ganancias de casi 1.000 millones de dólares a la semana, aproximadamente cuatro veces más que el famoso Google.
Sin embargo, Microsoft lleva en lo más profundo de su ser el peso del pecado original. Se trata del temor a que -así como IBM creó el primer ordenador y fue desplazada por Microsoft- ahora le toque el turno de formar apenas parte de la infraestructura tecnológica y deje de marcar la pauta.
Lo cierto es que el montante y la solidez de las ganancias no ofrecen ninguna protección contra ese miedo. Ray Ozzie admite que Microsoft, como otros gigantes de la tecnología, siempre deben temer la eventual aparición de «dos genios locos en un garaje», que salen con algo novedoso y se instalan rápidamente en el mercado.
Algunos afirman que eso ya ha ocurrido. «Así como IBM fue la compañía que marcó la pauta en los 70», explica John Battelle ensayista en temas de tecnología «y Microsoft hizo lo propio en los 90, creo que ésta es la década de Google».
El intento reciente de Microsoft de comprar Yahoo es una señal de que, detrás de la música suave que se escucha en los cuarteles generales de la compañía, hay un sentido de urgencia respecto al futuro.
Y todo tiene que ver con la creciente cartera de servicios de Google, cualquiera de los cuales podría integrarse al fugitivo buscador como una fuente de enormes ganancias.

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