En verano se produce un constante y continuo ir y venir de coches. Todos nos movemos de un sitio a otro, queremos estar presentes allí donde pensamos que podemos descansar más y mejor. No estamos dispuestos a perdernos ni una fiesta, ni una, ni un concierto. Tenemos tiempo y queremos exprimirlo con sabor de eternidad: que nada se nos escape. Esta actitud nos lleva a movernos de una forma convulsiva.
Con estas condiciones, no puede extrañar que en verano los accidente de tráfico se incrementen. No tanto en las carreteras que surcan las tierras de León, algunas de ellas convertidas en modernas –pero mal conservadas– autovías. Sino en las que conectan pequeñas poblaciones, las llamadas comarcales, locales, provinciales. Esas que no están tan vigiladas, que los usuarios las recorren con premura porque quieren llegar pronto al punto de destino.
Y esos lugares, donde se relaja la atención, o no se tiene la suficiente cordura para advertir que están mermadas las facultades, que no se reúnen las mejores condiciones para asumir la responsabilidad que impone el conducir un vehículo, siempre se convierten en la ratonera donde año tras año caen personas jóvenes que tenían la vida por delante para hacer lo que quisieran, para construir una existencia que se queda en el negro asfalto, destrozando otras muchas personas que asisten de forma pasiva a tan horrendo espectáculo. Seamos más conscientes para aminorar los accidentes, otra lacra lacerante del verano.