Mira que te está mirando, mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo. Dios, decía Sartre, es un ojo que mira, una mirada que te mira, mirada medusea, que petrifica. La iconografía judeo-masónica-cristiana figuró a Dios como un ojo en un triángulo y los americanos lo pusieron en su dólar. Al ser dos los ojos, izquierdo y derecho, se hacía problemática la representación de esa omnivisión y se ideó un ojo frontal. Pero aun así la solución final no vendría sino a la sustitución del Padre por el Gran Hermano, con el verdadero ojo central: el objetivo ¿porque nos convierte en objetos? ‘El gran hermano te vigila’ dice Orwell.
Redondo, móvil, versátil, telescópico, invisible, realmente el ojo monoteísta de Dios queda a su lado pura antigualla. Cámaras omnipresentes en la carretera, en la calle, en el súper, en el trabajo, todo un politeísmo de ojos más obsesivo que la cola de un pavo real.
Zapatero el de ceja circunfleja, vértice del triángulo sobre el ojo divino, nos puso en Onzonilla el Centro de Tramitación de Denuncias Automatizadas, Estrada, que centraliza miles de ojos al acecho de infracciones de tráfico y emite las correspondientes sanciones.
También las del ojo del radar de Leclerc que, con su panel anunciador hábilmente disimulado tras un farol y una columna metálica, provee de sustanciosos ingresos a nuestro amado Gran Hermano. No sólo de impuestos vive el Estado.
También Dios a veces se escondía para escarmentar a los incautos.