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UN RECORRIDO POR LA HISTORIA DEL DOPAJE

100 años entre la estricnina y la EPO

Los escándalos y muertes por el dopaje son antiguos

Ben Johnson protagonizó el caso de dopaje más importante de la historia de los Juegos Olímpicos.

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César F. Buitrón León
Otro día negro para el ciclismo. Para el deporte en general. El dopaje vuelve a azotar con fuerza. Los tres positivos de este Tour ratifican la lucha contra los tramposos, pero dejan claro que son muchos los deportistas que siguen en el filo de la navaja. Todo apunta a que la droga que ahora se ha detectado es la Mircera, una EPO de nueva generación con la que se trata a pacientes con cáncer y afecciones renales. Era indetectable hasta este Tour. Ahora ya no lo es. Van tres, pero caerán más.
Siempre es el mismo mecanismo: se inventa la trampa, los controles de dopaje se perfeccionan y cuando ya se detecta esa droga se busca otra más moderna.
Nada nuevo. El dopaje es tan antiguo como el deporte. La diferencia es la sofistificación de la droga. Los romanos estimulaban a los caballos en las carreras de cuádrigas. En 1865, varios nadadores se doparon en Amsterdam. En los Juegos de 1904, el ganador del maratón, Hicks, se dopó con un cóctel de estricnina con coñac.
De los tiempos de un dopaje casi inocuo se pasó en los 60 a las anfetaminas que corrían por el pelotón contempladas con indiferencia hasta que en el Tour de 1967 Tom Simpson, se desplomaba subiendo al Mont Ventoux. Un ‘batido’ de estimulantes unido a un sol de justicia acababan con su vida.
Aquel día iba a cambiar el concepto del dopaje en el deporte. En 1968 se crean los controles de dopaje. Lejos de acabar con la lacra consiguió que varios médicos sin escrúpulos empezaran a hacer su agosto. En los años 70 entraron en escena los esteroides anabolizantes. Durante tras décadas fueron los ‘reyes’ del dopaje gracias a los desvelos de los médicos buscando enmascaradores para los controles.
Tras el ‘telón de acero’
Fueron años de escándalos. Una espiral de trampas que tenían a los deportistas como conejillos de indias. El dopaje se cocinaba tras el ‘telón de acero’. En Alemania a algunas atletas se les embarazaba para que llegaran en las primeras semanas de embarazo a la competición importante y se les hacía abortar a continuación; a otras se las dopaba con hormonas masculinas hasta el extremo de que alguna, como la lanzadora Heidi Krieger, acabó con su cuerpo tan deformado que decidió cambiarse de sexo y hoy es un fornido bigotudo que responde al nombre de Andreas.
Los tramposos iban cayendo. Como Pollentier, que fue descubierto tratando de llenar el frasco con un depósito de orina ajena que llevaba colocado bajo la axila. Hubo quien aceptó que les inyectaran en la vejiga la orina de un mecánico justo antes de ir a pasar su control. Cada vez caían más en los controles, pero la tentación era más fuerte. Ben Johnson provocó el mayor escándalo de la historia de los Juegos Olímpicos con su positivo en Seúl 88 por stanozobol.
Y luego llegó la EPO en todas sus versiones. La última esta Mircera que ahora está provocando el terremoto en el Tour y que golpea la línea de flotación del ciclismo, el deporte más castigado, aunque sea también quien persigue con más saña a los tramposos. Sólo hay que mirar este ejemplo. Riccó dio positivo hace una semana y ya está sancionado; en la Copa Asobal de balonmano de 2006 un jugador dio positivo, sigue jugando y su nombre se ha ocultado. Pese a esa transparencia la sensación que queda es que los ciclistas son los malos y los demás deportistas, unos santos. No deja de ser curioso.

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