Me hallaba indolente sobre la chaise long de la terraza en una noche de calor insoportable, envuelta en un deshabillé negro, mirando hacia el cielo estrellado, tratando de imaginar si el asteroide recién descubierto, al que han puesto el nombre de Rafael Nadal, pudiera ser como aquel otro habitado por El Principito, cuando escuché una música familiar. Una canción para amar y ser amada, para besar y ser besada, como todas las canciones italianas del tiempo de Modugno, Dallara, Morandi y Celentano. Volví los ojos hacia el televisor, donde voces de todos los registros ronroneaban sus mensajes, y allí estaba de nuevo, con su torso de ébano, embutido en un exiguo bañador blanco, emergiendo del mar cual sireno, hermoso y moreno como el coñac, el chico del anuncio de Dolce&Gabanna. Puro pecado, oiga.
La firma italiana ha repetido anuncio, y es de agradecer. El maromo en cuestión no tiene desperdicio. No hay más que mirarlo de arriba abajo. La tableta de chocolate, que está para ser mordida de inmediato, el culito respingón, como a mí me gustan, e imagino que al resto de mis congéneres también, marca lo que hay que marcar poniendo de relieve las partes pudendas viriles de los señores que visten ese tipo de prenda, con el resultado que salta a la vista.
El mozo, un Adonis, un semidios terrenal, fue lo mejor de una cálida noche de verano en la que su blanco slip contuvo todos mis sueños. Nunca Dolce&Galbana nos llegó tan de frente y por derecho como desde que el verano pasado, y también éste, el anuncio recorriera las distintas cadenas de televisión patrias. Más que una experiencia religiosa, el anuncio es, créame, puro pecado. Y con qué gusto. Aunque el gusto debe ser de la chica que comparte spot con el ninfo.