No sé si os podré contar hoy lo de don Santos, q.e.p.d., que os lo debo, pero es que el asunto de la máquina alargapichas que compramos en la tele se está enredando de tal manera que vamos a acabar en el pueblo enfrascados en una más agria polémica que nuestros columnista el tío Rus, que afirma que ya entró el verano, y el portavoz de los dioses en León, Josulogio, que mantiene que igual en vez de verano lo que entra es la canícula.
Espero que no llegué la sangre al río, entre los columnistas, que entre los vecinos del pueblo no sólo hay sangre con el tema de la alargapichas, resulta que tenemos un veraneante (turismo rural para ser más exactos) que incluso supura.
El asunto es que como ya estábamos metidos en la semana de las fiestas patronales, con baile y una orquesta con una cantante espectacular en el cartel (que ya dice El Tumbao: “No puede cantar bien porque sí además canta no podía venir aquí”) pues resulta, y vuelvo al suco que me esnorté, que todo el mundo pide una de las alargapichas que compramos en la teletienda. Y hubo que hacer un turno, como el de la Virgen que va por las casas, que se apunta en la parte de atrás de la caja el nombre del siguiente al que se la tienes que llevar.
Todo marchaba bien, pero Mesiapraos debía querer una elongación más allá de lo que decían las instrucciones de manejo y se hizo una zarracina por la parte bajeradel mesiaero que sangra y supura que no hay agua oxigenada que lo pare.
Igual tenemos que internarlo.