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UNA IMAGEN Y 248 PALABRAS

Vigía del silencio de las ovejas

La llegada a la majada de Torre de Babia, a mediodía, no es recibida con los ladridos de los mastines, los alborotos de los careas y los movimientos nerviosos de las ovejas.

Bajo un sol de justicia, que el pastor soporta con chaqueta sin inmutarse, los mastines observan y vigilan en sus puestos como soldados en la garita. El carea no se mueve de entre las piernas de quien no le ha ordenado hacer nada y las ovejas presentan una estampa inusual, desconocida, ni se mueven ni se ve la cabeza de una sola de ellas. Hay mil en un palmo de terreno, cada una tiene metida la cabeza debajo del cuerpo de otra, buscando la sombra, como si dijeran aquello de “cuídame la cabeza que estoy estudiando”.

El pastor, que lleva en el oficio desde los 14 años, desvela el misterio. “Son ovejas hidalgas, las más duras, las mejores para puertos de alta montaña, tienen mucha pez en la piel y soportan el agua como si llueve un pantano, pero el sol las amodorra. Desde la 1 hasta las 6 están así, sin moverse”.

Ni se mueven. Ni balan. Ni miran. Si viene el lobo ‘haría una limpia terrible’ pero “con buen mastín no hay festín” y pueden estar muy tranquilas a la sombra, no corren peligre.

De vez en cuando, a la voz del pastor, una de ellas levanta la cabeza, mira como vígía del silencio de las ovejas y regresa a sus horas de sombra.

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