Finaliza julio y se asoman las vacaciones, los viajes familiares, las aventuras estivales. Son muchos los que dejan el tajo hasta septiembre, algunos ni tan siquiera saben hasta cuándo. La recomposición o reajuste inmobiliario como gusta a sus artífices calificar el ‘pinchazo de la burbuja de especulación y avaricia’. No se quedarán éstos sin sus pomposas vacaciones, ni tan siquiera se apretarán el cinturón, pues la crisis de ellos afecta a los demás, a ellos sólo les frena el engorde abusivo de su faltriquera. Pero, por lo demás, disfrutarán como príncipes de unas vacaciones que para muchos las quisiéramos. Usted y nosotros, los de a pie, nos conformaremos con ir al pueblo, a ver si entre los saludos y los reencuentros se cuela un “ven a casa a comer mañana o quédate a cenar, María está preparando unos huevos de corral con jamón de la última matanza”. Después ya veremos, practicaremos la militancia activa del PPP, paseo, pipas y pa casa, y así trataremos de pasar estos días de vacación que tan merecidos los teníamos.
Llegarán los veintitantos de agosto y nos invadirá la tristeza, la angustia. Las vacaciones además de austeras se convertirán en inquietud y desencanto. El banco espera con la navaja abierta y afilada, para que no descuides el pago de la hipoteca de esa vivienda que estás pagando con la ausencia de lo básico y que en muchos casos ni tan siquiera has estrenado, pero, siempre nos quedará el consuelo de la extra de julio que ya gastamos en junio, y en el horizonte aparecerán nubarrones grises que nos anunciarán que nuestro calvario veraniego no termina en agosto, en septiembre los niños comienzan el curso, las matrículas, los libros, el vestuario, y de nuevo otra vez la galopante e inquisidora hipoteca que vuelve a llamar a nuestra puerta. Paciencia señorrr...