Medio millón de familias españolas tiene a todos sus miembros sin empleo. En el paro. No cuenta con más ingresos que los subsidios, y a esa cifra trágica hay que sumar la de los centenares de miles de inmigrantes, legales y en situación irregular, que en los últimos meses se han quedado en la calle.
Los parados de ese medio millón de familias españolas han mirado hacia sus padres y hermanos para intentar superar la situación que viven; la mayoría de ellos ha tenido apoyo. No ocurre lo mismo en el caso de los inmigrantes, que se encuentran en España solos; los afortunados que cuentan con algún pariente, en el mayor de los casos ése tampoco está en condiciones de ayudarle, malamente llega a fin de mes.
Medio millón de familias españolas se han visto obligadas no apretarse el cinturón, sino a buscar recursos para salir adelante; muchas de ellas han puesto en venta su vivienda para saldar deudas y meterse en un piso de alquiler a la espera de tiempos mejores; muchas de esas familias que conocen ya las angustias del paro, han tenido que cerrar sus negocios y dar el finiquito a sus empleados, lo que significa que se han quedado sin ahorros ni patrimonio para así hacer frente a sus compromisos laborales.
Ese medio millón de familias españolas lucha contra la depresión, sabe que no sirve de nada esa historia de que el Gobierno subvenciona cursos de reciclaje a parados a través del Inem –que se lo digan si no a los trabajadores del Delphi–; algunas de las familias de ese medio millón han llegado a la trágica situación de pensar en que tendrán dificultades para dar de comer a sus hijos, han renunciado a todo lo que hasta hace nada les era normal –un ordenador, comprar los periódicos, comer verduras, carne y pescado fresco, contribución mensual a una ONG...–.
Ese medio millón de familias con todos sus miembros en paro merecen un Ejecutivo que piensa en ellos, en lugar de uno que no acepta la realidad y, en cuanto puede, lanza engañosos mensajes triunfalistas.