Permítanme resaltar una faceta poco tratada del caso Solzhenitsin en España. Recuerden la lluvia de insultos caída sobre él desde casi todos los ámbitos de la izquierda (esa izquierda con tantísimos negrines y tan pocos besteiros) y algunos de la derecha, por el delito de decir cuatro verdades incómodas: “paranoico”, “chorizo”, “mentiroso” (íd.), “espantajo”, “mendigo desvergonzado”, “bandido”, “mercenario”, “hipócrita”, y así una serie muy larga y pesada. Todo ello, repito, por haber señalado el ruso unos hechos irrefutables.
Los ingenuos esperan que los embusteros se callen ante las evidencias puestas ante sus narices, pero la experiencia demuestra lo contrario: imposibilitados para argumentar, recurren a la injuria y el ataque personal. También suelen afirmar los ingenuos que “nadie se cree unos insultos vacíos”, y los injuriantes “se desacreditan ellos solos”. Nada más lejos de la realidad. Un sector del público disfruta con tales baladronadas. Otro, mucho más amplio e ignorante del fondo del asunto, se siente impresionado por la pose de dignidad herida, el gesto de moralidad ofendida con que acompañan los embusteros sus gritos provocadores (”alguna razón tendrán”, piensan). Y muchos más, intimidados, prefieren callarse y dejar abandonada a la víctima. De este modo la razón queda frecuentemente anulada.
De aquella campaña contra el escritor ruso nació en España la cultura del insulto. España debe de ser uno de los países donde más se insulta y, como corresponde a una sociedad echada a perder de largo tiempo por la trola, el choriceo y el puterío, no se trata, de insultos justificados, ingeniosos, demostrativos o argumentados, sino calumniosos y chulescos.He dicho insultos injustificados, pero ¿acaso los hay justificables?