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el columnista invitado / Thomas Sowell

La generación más chabacana

Si nuestra era pudiera tener su propio escudo heráldico, sería un yak sobre un fondo de papilla. Esta debe de ser la edad dorada del charloteo incesante y sin sentido. Cada torneo deportivo parece estar precedido de todo tipo de conversaciones, ya sean por parte de los atletas que repiten los clichés que hemos escuchado un millar de veces, o locutores deportivos que realizan observaciones sociológicas pseudo-profundas, o incluso forofos que divagan sobre incoherencias. Después, tras la competición, vienen las celebraciones infantiles, los futuribles y aún más clichés.
Al igual que otras cosas que han ido a peor en la sociedad americana, el nuevo estilo de dramatización estúpida arrancó en los años 60. Cuando Mohammed Ali se convirtió en campeón de los pesos pesados en 1964, puso fin a la era en la que los boxeadores simplemente hacían su trabajo, recogían su dinero y se iban a casa.
Los padres ponen a sus hijos nombres nada convencionales. ‘Mary’ [María] perdió su lugar hace mucho hasta casi desaparecer como nombre perennemente más popular para las niñas. Hay un cambio enorme en los nombres que gustan y en los que no. Parece ser que todo el mundo tiene que intentar destacar sobre todos los demás hasta en lo que se refiere al nombre de los hijos.
Al igual que en los deportes, los adictos a la atención superficial han reemplazado a los logros que hablan por sí mismos. En la práctica, la noción entera de logro es rebajada de categoría, por no decir barrida bajo la alfombra.
A la gente que ha alcanzado el éxito se la tilda con frecuencia de “privilegiada”, especialmente por parte de aquellos en la esfera intelectual izquierdista. Los logros solían ser una fuente de inspiración para los demás, pero han sido convertidos en un motivo de agravio por parte de aquellos que carecen de meritos comparables. Siempre hubo petimetres superficiales, pero no siempre han sido admirados o considerados modelos. Que lo sean ahora perjudica a toda la sociedad.

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