El público más joven es desconocedor de la sordidez y del asfixiante clima de represión social, cultural, sentimental y sexual en el que nos educamos todos los ciudadanos que andamos por encima de la cuarentena; unos tiempos no tan lejanos, en los que en oscuros confesionarios y en frías sacristías nos metían el pecado en el cuerpo y en el alma, creando gentes reprimidas y de una sexualidad cargada con las cadenas del complejo de culpabilidad, de las satisfacciones ocultas y en perpetuo combate imposible entre la realidad y el deseo, individuos apocados, cazadores furtivos de felicidades imposibles o crueles, pobres depredadores ocultos del sexo, clientes de prostíbulos que se irán de esta vida con todas las hambres aplazadas y en las yemas de los dedos o los ojos, quizá, en el mejor de los casos, los restos de un contacto robado. Difícil de entender tal vez, o no, para gentes que han crecido más libres. Pero ese es el humus en el que muchos hombres, y también mujeres, de este país hemos crecido y educamos a nuestros hijos. La semilla que ha dado setenta y dos mujeres muertas en 2004, sesenta y dos en 2005, sesenta y ocho en 2006, setenta en 2007 y cuarenta este 2008 cuando escribo esta columna. El día que los varones reconozcamos nuestras históricas carencias sentimentales, bellacamente sepultadas bajo cascotes de adjetivos propagandísticos de modernidad, igualitarismo y libertad, con la suficiente nitidez como para estar en la estantería de la memoria, habremos avanzado algo y, además de conseguir combatir la mayor lacra social que sufre este país, posiblemente habremos encontrado el camino en la búsqueda de un lugar bajo el sol para una cultura sentimental y sexual compartida.