Que este país ha cambiado en los últimos treinta años es cosa que nadie discute y, aunque estamos en una situación económica en la que tan posible es que nos den peladillas a manta como que nos llenen la cara de leches, las nuevas capas medias no parecen estar dispuestas a renunciar a los placeres y derechos que la Constitución democrática nos ha concedido, y la cuestión gastronómica es uno de ellos. Posiblemente, como consecuencia de una cierta necesidad de olvidar el tremendismo culinario padecido en el pasado, y la crisis de las grandes expectativas históricas que aconseja tratar de cortar las rosas de la vida aquí y ahora (y quien dice las rosas de la vida dice un mencía con cecina o un godello con anguilas y pimientos fritos), todo dios se ha puesto a opinar sobre gastronomía, hasta los desganados o los esclavos de los médicos verdugos de la dietética, refugiados tras un muro de filetes a la plancha y ensaladas impresentables; son capaces de amargarte una cena veraniega con su preocupación por una alimentación sana, y tratan de convertir el paladar de los pecadores de la gula en frígidas cavernas donde no cabe la menor esperanza de felicidad. Frente a esa dietética judeocristiana, al servicio de paladares pueriles, me viene a la cabeza aquella grosería materialista de Brecht: “primero el estómago y luego la moral”; ya saben, la lucha de clases llevada a los platos.
Reconozco que soy un nostálgico del paladar de mi infancia y de los que piensa que comer bien no significa gastar mucho dinero, sino saber qué se come, cuándo se come y cómo se hace, seguido de un generoso turno de tertulia de sobremesa para planear las comidas del futuro. Es decir, memoria, deseo y esperanza.