Fue como un gigantesco Carnaval de Río sin la sensualidad de las escuelas de samba; miles de fuegos artificiales como en un 14 de julio en París; impresionantes desfiles a lo nazi o a lo soviético; declaraciones rimbombantes, políticas y nacionalistas. Se gritó “¡viva el Tibet!” y también se afirmó que China demostraba así su potencia y su soberbia, incluso se discutió si había que asistir a las ceremonias oficiales. “Pekín, capital del mundo”, titulaba a primera plana Le Figaro, y yo, alelado por tanto barullo mediático, me preguntaba de qué se trataba. Por lo visto se trata de los Juegos Olímpicos de Pekín.
Mientras tanto, otra guerra estalla a las puertas de Europa. Rusia castiga duramente a los georgianos por creerse independientes y querer poner orden en Osetia del Sur. El ingenuo, imprudente o ambas cosas, presidente georgiano Saakashvili, pide socorro, sobre todo a la UE, pero Europa no contesta, no puede, no existe, no tiene ejército ni policía exterior común, ni unidad ni nada. Sólo contestadores automáticos que funcionan mal.
Estos últimos días he leído y oído a ciertos políticos (como Kouchner) y comentaristas hacer un análisis paralelo de la situación georgiana y las guerras en Yugoslavia, y afirmar con espléndida caradura que “la UE había resuelto el conflicto”. Pocas veces se han visto soluciones más catastróficas.
Francia, actual presidenta de la UE por turno, hace el ridículo, y Bernard Kouchner se ha reunido con Javier Solana en el Salón de los Inocentes. Sus declaraciones son de lo más cómico, siniestramente cómicas: “Es una verdadera guerra, hay muertos civiles, es necesario y urgente un alto el fuego”. ¿Nos lo dice o nos lo cuenta? Por lo visto se ha ido a Tbilisi con buenas palabras de pésame.