Palacios de Rueda bautiza una calle con el nombre de su paisano el Padre Carlos de Villapadierna
Instantánea tomada hace muchos años.
F. Fernández Palacios de R.
Una calle de la pequeña localidad leonesa de Palacios de Rueda estrena hoy nombre. En una casa del pueblo se descubrirá una placa que dice ‘Calle del Padre Carlos de Villapadierna’, es la casa donde vivió este singular cura y religioso. Al final de la calle, en otra modesta casa, colocarán otra placa igual, es la residencia de uno de los hermanos del homenajeado, Emiliano, seguramente el hombre más emocionado y orgulloso de cuantos allí se reúnan esta mañana. «Bueno, también mi hermana Amada, con la que vivió estos 16 últimos años de su vida, cuando se instaló de nuevo en nuestro pueblo y convirtió su casa en el centro de operaciones de la intensa actividad que llevó a cabo hasta los últimos días de su vida, no hace muchos meses».
Carlos de Villapadierna fue el nombre que eligió cuando fue ordenado capuchino este leonés de agitada vida que realmente se llamaba Eliecer González y que nació en Villapadierna en 1922. «Lo que ocurre es que la familia se trasladó cuando todavía era un niño a Palacios de Rueda y allí vivieron, de ahí que sea en este pueblo en el que le dedican una calle», explica su sobrina Elsa.
La inquietud es uno de los rasgos de la vida de Eliecer y ésta en los niños se suele llamar travesura. Sus vecinos le recuerdan como un niño travieso, juguetón, activo y muy espabilado, por lo que su padre decidió que fuera a estudiar a Madrid, al Seminario de El Pardo. Allí estaba cuando estalló la Guerra Civil, era un niño de 13 años que primero deambuló por España (estuvo en el seminario de Valencia) y finalmente fue montado en un camión camino de Rusia, creía su familia.
Fueron días duros para la familia. Pese a ello su padre aún tuvo fuerzas para enviar a otro hijo,Emiliano, a estudiar a Bilbao. «Creíamos que estaría en Rusia, porque realmente estuvimos dos años sin saber nada de él. Al final de la guerra, a través de la Cruz Roja pudimos localizarlo en Francia, donde vivía con una familia de republicanos que lo tenían como adoptado, sin papeles ni nada, claro», cuenta Emiliano, para añadir que este hecho marcó su vida, «pero no para mal, todo lo contrario. Él hablaba de aquella etapa como ejemplo de lo que jamás debería repetirse».
Aquella familia le había cogido cariño, querían quedarse con él. «El hombre llegaba a decir que no le importaba que fueran a misa, que fueran religiosos, con tal de que se pudiera quedar con ellos, pero el abuelo sólo quería volver a tener a su hijo en casa», dice Elsa, memoria viva del recuerdo de su tío, con el que mantenía largas conversaciones.
Carlos de Villapadierna fue un viajero impenitente, vivió tres años en Roma, otros tantos en Jerusalem, viajó mucho a Oriente Medio, tierra en la que era un gran experto y sobre la que escribió un precioso libro (‘Por los caminos del Señor’); es uno de los pocos españoles que realizó una traducción de la Biblia; publicó numerosos libros; fue profesor de los seminarios de León, Astorga y Oporto; hablaba numerosos idiomas, algunos tan complicados como el arameo, lo que le llevó a colaborar con García Recio en el Instituto Bíblico y Oriental. «Era cercano y con genio, polemista y receptivo, trabajador infatigable, con las ideas tan claras que renunció a ser capuchino para ‘no ascender’. Y leonés y de Palacios allí donde estuviera, por encima de todo».
Él llevó a Palacios, Palacios desde hoy le lleva a él, en su calle.