Si todavía se escribieran novelas de caballerías alguien glosaría la gesta de Jesús Neira, profesor de Teoría del Estado de una universidad madrileña, en coma tras ser agredido brutalmente por la espalda por un individuo al que le había afeado que golpeara a una mujer. Un Amadís o, mejor, un Quijote contemporáneo. Una historia de valentía enfrentada a dos traiciones, primero la del que lo atacó traidoramente, Antonio Puerta, cuya filiación debería recordarse en todas las crónicas sobre seres infames, y luego la de la ingrata mujer golpeada, que dijo después que Neira no tenía que haberla defendido y que el matón era una bellísima persona.
El problema contemporáneo es que, confiados en la existencia del Estado, cuya teoría enseñaba Neira, hemos perdido el reflejo ético que obliga a repudiar públicamente a los miserables.
Las leyes cumplirán mejor o peor su misión castigando a Puerta por atacar al profesor Neira. Pero después de que haya pasado por prisión, seguramente mucho menos tiempo del que merece, pocos recordarán que agredió, primero, a una mujer mucho más débil que él y, después, a traición y por la espalda, a quien la defendió solamente con palabras. Porque nos falta ese sentido de la justicia moral, que es la conducta caballerosa que obliga a despreciar al traidor, al bellaco. A tipos así no los redime la cárcel: un pederasta es un ser despreciable, la hez de la sociedad común, como lo es el violador, aunque cumplan su condena, siempre demasiado suave. Necesitamos tener reflejos éticos, como Neira: Iñaki de Juana Chaos ha cumplido con la ley, pero sigue siendo una bestia maligna y repugnante, y es de personas de bien repudiarla, vilipendiarla hasta que se muera.
Sí, despreciemos el delito, pero también a los peores delincuentes.