La avioneta surcaba el hermosísimo litoral gaditano con este letrero en la pancarta, cuarenta y ocho horas después del impacto brutal en Barajas. Mientras el personal colocaba la sombrilla y otros se zambullían en el oleaje, el mensaje llegaba nítido. Impactante: “¡¡Ay Dios!!”. Alguien había cambiado el eslogan habitual de la propaganda por el lamento.
No obstante, con las banderas a media asta, los veraneantes seguíamos realizando nuestro esfuerzo diario. Al atardecer, los cuerpos tostados del día se pegaban en las terrazas y se acababa la manzanilla.
Las medallas en Pekín seguían llegando a cuentagotas en el zapping televisivo. Alguien pedía luto a nuestros deportistas. ¿Por qué sólo a ellos? ¡Ay, Dios!.
Los veranos no fallan a su cita con la tragedia. Si el año pasado por estas tierras sureñas se lloraba el fallecimiento de Antonio Puerta –y las mozas dejaban miles de mensajes de amor y duelo junto al faro de Chipiona– otros años llegaban los incendios, los choques de trenes en paisajes vecinos, los campings arrasados por riadas o con sus moradores achicharrados por efectos del destino.
Ya es fastidio. Había programado una visita a los alcornocales de Doñana, donde dicen que todavía campa el lince ibérico, y cuando me adentro entre la seguridad de las marismas, como un turista más, dotado de prismáticos para divisar y saludar de lejos a Zapatero, me dicen que se ha marchado, maldita la suerte, corriendo a cumplir labores de Estado. ¡Ay, Dios!.