Para muchos quedarán lejos aquellas noches de cine al aire libre bajo el cielo azul estrellado, comiendo pipas y oyendo a los de al lado murmurar palabras de amor. Otros, como mis hijos, no conocen esa experiencia. Sin embargo, en el patio central de una universidad alemana todos los años en el mes de agosto se ofrece un ciclo de cine al aire libre. Este año el programa era de la época dorada del cine mudo con música en directo, es decir, dos espectáculos en uno: cine y concierto. Mi sorpresa fue que los más de mil asientos se llenaron media hora antes, y muchos asistentes se tuvieron que acomodar en el suelo. Pero todavía quedé más sorprendido cuando comprobé que el público seguía la película y la música con pasión: aplaudían, reían, gritaban, vivían las escenas, animaban al protagonista. La pregunta es: ¿qué tiene el cine mudo que todavía encandila y emociona?
Si este ciclo tiene éxito, ¿por qué no intentar realizar algo parecido en León? La clave está en saber seleccionar las películas, tener patrocinadores –en este caso la Caja de Ahorros local y regional financiaron el montaje– y unos intérpretes que sean capaces de tocar una música acompasada con las escenas de la película.
No resulta difícil montar algo similar. Se necesita un lugar con capacidad para medio millar de personas, unos buenos medios acústicos y visuales, unas películas atractivas y divertidas que en el cine mudo hay muchas y variadas, unas partituras que hagan vibrar al público y mucha profesionalidad para que los posibles errores no resten brillantez al espectáculo. Por último, que el tiempo acompañe, y así es muy posible que la experiencia constituya un éxito y se convierta en un referente cultural del verano leonés.