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crónicas bárbaras / Manuel Molares do Val

Paraíso atómico

Todos los bañistas de la playa pegada a Vandellós II supieron hace unos días que esa central nuclear había sufrido un grave incendio, pero ninguno huyó de sus cercanías aún oyendo sirenas de bomberos procedentes de aquella enorme cúpula de la que salían chorros de vapor.
Para desesperación de los antinucleares, la playa tarraconense siguió abarrotada de gentes que le temen más a los hongos-medusa del Mediterráneo que al posible hongo atómico.
A unos 8.700 kilómetros de distancia, en Hanford, estado de Washington, EEUU, hay un nuevo Paraíso Terrenal: un área de 790 kilómetros cuadrados de la que salió el plutonio de la primera bomba atómica, y donde entre 1943 y 1963 se instalaron nueve centrales nucleares, hoy cerradas, pero reinstaladas en otros lugares.
Obreros especializados descontaminan las zonas en las que queda alguna radiación y van dejando el terreno limpio para que se desarrolle la vida salvaje. Allí crecen numerosos animales, incluyendo todas las variedades de peces del río Columbia, que refrigeraba las centrales, y distintas especies de aves, antes en peligro de extinción, que se reproducen alegremente.
Ahora, la riqueza de la zona viene del turismo. Turismo nuclear que navega por el río para observar el Paraíso Terrenal que resurge tras las centrales nucleares.
Volvamos a Vandellós: la gente le ha perdido el miedo a los incidentes comunes que no sean graves contaminaciones atómicas, y que son tan pocas que la memoria colectiva sólo retiene el nombre de Chernobil. Un lugar cuyo terreno, si se descontaminara, simplemente como Hanford y no a la manera comunista ex soviética, seguramente sería otro Paraíso: Nuclear y Terrenal.

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