Se habla del acoso sexual o laboral, o del hostigamiento a ancianos en las ciudades para que vendan sus casas a los especuladores, pero no del mobbing o intimidación a los viejos campesinos aislados en sus caseríos y aldeas para que vendan sus propiedades a neoecologistas que desean “volver a la naturaleza”. Los más viejos están en el campo, especialmente, por todo el norte de España. La economía europea arruinó sus tierras y quedaron en sus casas aldeanas cobrando una pequeña pensión. Una historia-tipo es la de dos hermanas de unos ochenta años en Soaserra, Ayuntamiento de Cabanas, en A Coruña, lugar en el que hay aún casas milenarias, originalmente pallozas. Por esas áreas de horizontes verdes y añosos bosques, rondan algunos de los que desean “volver a la naturaleza”, personas de ciudad, algunas extranjeras, que compran propiedades a precios ínfimos.
Como las ancianas, que caminan dificultosamente, protestaron verbalmente contra su aislamiento, los ecologistas de ciudad las denunciaron por “amenazas” y “malos tratos” ante la Guardia Civil. Aunque sea exculpatorio, la sola aparición de los uniformados produce pavor entre quienes recuerdan sus temibles inspecciones en tiempos de posguerra y de guerrilleros. Retorcido, diabólico acoso. Mientras, los partidos políticos desdeñan en sus programas la defensa de decenas de millares de ancianos así, repartidos por el país: quizás porque generan más votos los neoecologistas.