Y no son precisamente los veraneantes que, cargados de maletas y bártulos, emprenden la vuelta a casa con el ánimo compungido porque se acabaron las vacaciones; o los que, por fin consiguen marcharse. No. Son los políticos autonómicos los que, una vez más, interpretan el papel. Estas obras teatrales, como el cine a la fresca de verano, suelen coincidir con el debate presupuestario, y el guión no se aleja mucho de unas amenazantes declaraciones iniciales de votar en contra, que son suavizadas más tarde mediante contraprestaciones y así toda la trama hasta el desenlace.
Este año el argumento tiene mucho más morbo y aliciente porque se ha complicado en el caso de catalanes y vascos (los dos puntales que necesita el Gobierno y sin los cuales no puede aprobar las cuentas públicas).
Con los catalanes sube el tono de la tragedia en el primer acto, tras la intervención de Solbes en el Congreso, que tuvo que poner las cosas en su lugar y recordar que cuando no hay dinero primero se negocia entre todos y luego uno por uno. Que así lo marca la Constitución. Montilla se rasga las vestiduras, busca apoyo en los nacionalistas y declama que no aceptará imposiciones, pero sin cerrar la puerta al acuerdo. Éstos parece que se van...
Los que vuelven son los nacionalistas vascos. Pero es que el PNV está en su pelea con Madrid (muy personalizada en Zapatero) casi en el tercer acto.
Los gallegos del BNG, que también actúan en la obra, aunque de secundarios por su poca representación en Madrid, han subido al escenario para apuntarse el tanto de que no se adelantaran las elecciones en Galicia, lo que les permitirá seguir gobernando con Touriño hasta la primavera. Todavía queda mucho guión.