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HACIENDO CAMINO / Máximo Álvarez

El precio de una vida

Se dice que por muy triste que sea para un hijo perder el padre o la madre, es mucho más triste para un padre y una madre perder un hijo. Con frecuencia hemos tenido que presenciar este tipo de dramáticas despedidas, la última hace pocos días, con ocasión del asesinato de José Miguel, taxista de Ponferrada. Lo más absurdo e indignante es que se trata de una muerte absurda y gratuita, provocada por la maldad del ser humano. Parece mentira que haya personas tan pervertidas que sean incapaces de apreciar el valor de una vida humana o el inmenso dolor de unos padres y familiares. Sin que ello signifique mitigar este sufrimiento, es una satisfacción saber que han sido detenidos los presuntos asesinos. Imagino que el colectivo de taxistas también haya experimentado un gran alivio. Pero ¿qué puede ocurrir para que algunos individuos hayan llegado a semejante degradación?
No podemos perder de vista que, como en más de una ocasión señaló Juan Pablo II, estamos contaminados por la “civilización de la muerte”. Cuando el dinero y el disfrute de los bienes materiales se convierten en una obsesión, los verdaderos valores pasan a un segundo plano, entre ellos la vida humana. Por eso se explota al prójimo, se hacen guerras absurdas, se cometen atentados. Nada tiene de extraño que suceda esto, cuando ya se trata de mentalizar a los más jóvenes de que la vida humana en sus comienzos no tiene valor alguno, e incluso se facilita su destrucción en el seno de la madre. Igualmente la perdida del sentido religioso es proporcional a la pérdida de la conciencia de la dignidad de la persona. Quiere esto de decir que algo tiene que cambiar para que la vida humana sea justamente valorada.

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