Mansilla de las Mulas fue criticada por contar con piscina. El diseño ha llegado también a las nuevas prisiones, pero la reinserción parece reñida con el confort para algunos. Para otros, la arquitectura es humanidad
La cárcel leonesa no es precisamente un ejemplo de arquitectura. m. peña
M. Sancho Cardel Viena
Desde la mazmorra al modelo de cárcel-hostal, la arquitectura penitenciaria se ha desarrollado unida a la percepción social del concepto de punición, un debate abierto entre los favorables a la reinserción y los que consideran los centros penitenciarios demasiado confortables.
Para el arquitecto austríaco Josef Hohensinn, la cuestión está clara: «La cultura de un país se expresa también en el trato que se da a los grupos sociales más débiles y marginales». Hohensinn es el artífice de una de las prisiones más sofisticadas del mundo, situada en la localidad austríaca de Loeben y que, con sus espacios verdes, sus coloridas estancias para ocio y sus paredes acristaladas, rompe con la estética asfixiante de la cárcel tradicional.
«La privación de libertad es pena suficiente. A partir de ahí, es importante que a través de la calidad de la construcción no se arranque a las personas de la vida normal, puesto que con ello se logra también una mejor reinserción social», justifica.
Hohenssin no fue ajeno al debate que causaba el supuesto lujo del centro penitenciario que diseñó, aunque las reacciones airadas «se enfriaron rápidamente». «No se puede hablar de lujo», insiste; «de hecho, no es una cuestión de dinero, sino de voluntad positiva de llevar a cabo una arquitectura más agradable para vivir».
En Turín (Italia), desde junio y hasta octubre, la Fondazione Sandretto Re Rebaudengo (FSRR) enciende el debate con una exposición bajo el título de YOUPrison, en la que el diseño se acerca a la privación de libertad y crea espacios con clara vocación artística.
Por el contrario, el secretario británico de Justicia, Jack Straw, comunicaba en junio que, entre 2003 y 2008 se habían registrado 42 casos de personas que intentaron «colarse» en las cárceles -descritas por el Daily Telegraph como «equivalente a un caro bed&breakfast»-, donde encontraban mayor calidad de vida que en el exterior.
En Estados Unidos, además, un hombre se trasladó en 2001 desde Florida a Fargo (Dakota del Norte) para cometer su delito -atracó un hostal- tras chequear en internet dónde se encontraba la prisión más segura del Estado.
Juan Manuel Everardo Carvallo, arquitecto mexicano autor del artículo La arquitectura penitenciaria. Un proceso interdisciplinario en una revista especializada, explica el caso de su país: «Gran parte de la población penitenciaria es producto de la pauperización de las zonas rurales».
«Es fácil entender», prosigue, «que muchas veces las condiciones de vida pueden ser mejores en la prisión que en sus lugares de origen. Por lo menos tienen techo, alimentos y vestido seguros». Pero, según la arquitecta española Blanca Lleó, «en ese caso, el razonamiento sería a la inversa. Hay que reflexionar sobre lo terrible que es la calle, no sobre lo buenas que son las prisiones».
Lleó, junto con a Emilio Muñón y Javier Maroto, formó en los 80 el grupo de arquitectos recién licenciados a los que el Ministerio de Obras Públicas encargó revisar los modelos de cárceles a tenor de la primera Ley de Régimen Penitenciario de la democracia española.
Su equipo abrió las penitenciarías «a las características de una arquitectura digna, higiénica, saludable», donde los presos disfrutan del «derecho al trabajo remunerado, a un economato. En definitiva, a una vida digna».
Lleó, que proyectó prisiones como la de Jaén, se lamenta de que este tipo de construcciones hayan sido poco abordadas por los arquitectos de renombre. «Son servicios que la sociedad demanda para seres humanos y ese es uno de los ejercicios que hacemos los arquitectos. Ahora lo que más interesa es el lucimiento personal, el ensayo de formas muy llamativas», asevera.
«A nosotros nos parecía un reto interesantísimo. Estudiamos que la ventilación y la iluminación fuera siempre natural o que los barrotes no fueran verticales sino horizontales, para tener libre la línea del horizonte», explica.
Pero, transcurridos 25 años, el modelo que crearon sigue siendo el imperante, por lo que Lleó apela a la renovación: «La tecnología permite sustituir a una arquitectura dura e inhumana sin dañar la seguridad de los funcionarios de prisiones», algo que también suscribe Hohensinn.
La arquitecta advierte que ahora deberían liberalizar las estructuras carcelarias, «todavía pertenecientes a otra época», especialmente en lo relativo al mobiliario de las celdas, mayoritariamente de hormigón en el caso español. Es el caso de Mansilla de las Mulas, una de las más modernas de España. La cárcel dispone de muchos servicios para los reclusos, incluida una piscina, que ha sido criticada desde diversos medios por considerarse un ‘lujo’ para los presos.
Everardo Carvallo, por su parte, reconoce que en América Latina todavía hay un sector que cree que mejorar las condiciones de los presidiarios «es un enfoque muy romántico, y que el delincuente nunca se readaptará», pero para él no hay cárcel lujosa, sino que, «como versa una popular canción mexicana, aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión».