Detrás de la Asociación Leonesa de Amigos del Ferrocarril hay miles de historias. Muchos socios lo han dado todo. El tren fue su vida.
Departamento de uno de los cinco coches de viajeros serie 6000 propiedad de Alaf. reportaje gráfico: m. marcos
Isabel Herrera León
Subieron a un tren y nunca más volvieron a bajar. La Asociación Leonesa de Amigos del Ferrocarril (Alaf) se deja la piel en la defensa a ultranza de este medio de transporte que allá a principios del siglo XIX revolucionó el mundo. Pelean porque se conserve el pasado y porque se disfrute en el futuro. Son muchas horas las que han dedicado a restaurar viejas piezas, vagones, locomotoras… y la pasión por los trenes la expresan sin necesidad de palabras.
Calcular las horas del tiempo libre que Buenaventura, Emilio, Miguel (o tantos otros nombres) han destinado al ferrocarril es imposible. Viven cada día movidos por un solo fin, el de darle a León un Museo del Ferrocarril digno para el cual tienen ya la esencia, un amplio y valioso patrimonio. Pero hace falta el frasco donde guardarla. Conseguirlo ha sido el objetivo de la asociación desde que se formase en 1992.
Lo hacen por ellos, por toda la sociedad leonesa, por quienes gozaron con el tren, por quienes no han podido disfrutarlo... pero también por quienes les acompañaron durante años en su objetivo y murieron sin poder ver hecho realidad el sueño de un museo para León.
Es el caso de Tomás Herrero o Cecilio Alonso. De este último, cuentan una curiosa y emotiva historia que deja constancia de la dependencia que el tren crea a quien lo conoce. Durante los dos años de incesante trabajo de restauración de la máquina de vapor Mikado –la joya de la corona de Alaf– Cecilio se volcó en el cometido. De las 20.000 horas que la asociación invirtió en ella, muchas fueron de Cecilio. Pero murió sin ver terminada la obra aunque viajó en ella cuando hizo su primer viaje. Pero fue claro con sus últimas voluntades. Quería ser incinerado y, además, quería que sus cenizas se tirasen al cajón del fuego de la Mikado en su primer viaje. Y así se hizo. Las cenizas de la Cecilio, las cenizas de la Mikado.
Buenaventura y Miguel se han prestado a mostrar a La Crónica todo el patrimonio que Alaf tiene repartido allí donde buenamente les dejan, a la espera de poder contar con un espacio digno de ser lucido, usado y visitado. En la misma estación de Renfe de León, reposan cinco coches de viajeros serie 2000, cinco de las 15 unidades que hay en toda España. Se construyeron en Zaragoza a partir de 1945 y fueron los primeros metálicos que se fabricaron en serie. En 1987 fueron retirados y algunos de ellos se vendieron a Cuba, el resto para desguace. Alaf se hizo cargo de estos cinco coches en 1996. Ahora están restaurados.
Más allá está el Vagón J. Recién ‘salido del horno’. Alaf ha acicalado este vagón de madera. Le ha instalado un compresor dentro y cuenta también con una mesa de trabajo y una viga extensible.
Siguiente. Un coche laboratorio 8000 que en sus mejores tiempos recorría todas las vías de España recogiendo todos los datos de las mismas.
Cambiamos de escenario. En talleres Celada –empresa a la que agradecen su implicación con la asociación y su inestimable ayuda– descansa una de las últimas adquisiciones de Alaf, un vagón cisterna que aguarda a ser pintado. Otra nave alberga un vagón taller con vivienda, el SSA 1008. Todavía huele a pintura. Cuenta con el taller, cocina completa, ducha, lavabos y diez literas.
Antes de partir hasta el Taller de Locomotoras, última parada de la visita, con un simple giro de cabeza vemos la Estación de Clasificación, enclave en el que podría estar ubicado el futuro Museo del Ferrocarril, “que tener un lugar ya es un gran paso”, ha dicho Emilio Suárez, vicepresidente y portavoz de Alaf, en varias ocasiones. Y están contentos, pero ven muy costoso y muy lento este proyecto. Su opción es otra: el Taller de Locomotoras que tan sólo necesitaría un lavado de cara. “Pero al parecer, el futuro de estas naves es desaparecer para dejar paso a más de 300 viviendas”, se lamentan aunque con algún que otro viso de esperanza.
Y aquí estamos, en el Taller de Locomotoras, donde nos esperan otras cuatro joyas: ‘La inglesa’ (máquina eléctrica 7766) que luce perfectamente restaurada.
Otra más, la locomotora diesel de maniobras también remozada por la asociación. Y justo detrás, la Mikado 2346, la máquina de vapor, impecable e imponente, el ojito derecho de Alaf.
Ya no esperábamos más, pero lo hay. El electrotrén, que desde 1971 y hasta 1980 prestó servicio haciendo ruta entre Gijón y Madrid. Casi todos los presentes viajaron en él. Aquí concluye el viaje, pero antes pisamos el ‘hombre muerto’, un pedal que el maquinista tiene que mantener pisado durante 57,5 segundos y levantar durante 2,5. Así todo el recorrido. La finalidad, no quedarse dormido o despistarse pues, fuera de esos tiempos, ‘pita’ y esto, nos confiesan, entre los ferroviarios está muy mal visto...
Algún día, todos los leoneses podrán disfrutar de todo esto.