Hagamos balance de los últimos suspiros de la Encina del Centenario. Envuelto en moléculas volátiles de aceites de dudoso origen, osé montar en la atracción ferial más semejante al acelerador del CERN, con la intención de alcanzar a ver la explosión primigenia de partículas. Pero lo único que explotó en ese revoltijo vertiginoso fue el sistema digestivo de un adolescente que regaló a los espectadores con un confeti de cocacola con garrafón, salpicado con un codillo consumido en el ferial, supongo que también responsable en parte del desaguisado. De la Encina recién pasada deduzco además que se acercan los tiempos de la verdadera rivalidad de candidatos políticos al sacrosanto escaño de la alcaldía. A raíz de las habladurías que colocan al de Cubillos en la rampa de lanzamiento de Ponferrada, todos habíamos notado que se ralentizaban las negociaciones de la Junta y el Consejo Comarcal. La promesa de nuevo convenio y de reforma de la Ley de la Comarca, ofrecidas otrora en sonora orquestación, han pasado a ser interpretadas con sordina. Y ahora, el alcalde de Ponferrada se presenta hasta tres veces consecutivas al pueblo como verdadero valedor de la unidad de los ayuntamientos de la comarca, restando así protagonismo al probable candidato, cuya campaña de imagen podría basarse en su mandato como presidente del Consejo del Bierzo. Por cierto, en esa negociación de la reforma legislativa, parece que los partidos políticos no se bajan de la burra de la representación indirecta. Es decir, la cámara berciana seguirá condenada a ser ese rancio pastel barato que se reparte cada cuatro años y que, pocos días después, se convierte en la casa de los líos.