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EL NUEVO 'REVOLUCIONARIO'

Hirst deja a un lado las galerías

El provocador creador saca a subasta varias de sus obras al margen de los circuitos habituales del mercado del arte

B. López Londres
Damien Hirst, el artista de los animales demediados y conservados en formol, puede originar una auténtica revolución en el mercado del arte con su decisión de subastar directamente su nueva producción en lugar de venderla a través de una galería.
Hasta ahora, la producción de un creador iba primero a un marchante o una galería, que eran los encargados de colocarla en el mercado, y la casa de subastas solo intervenía en el caso de obras de al menos cinco años de antigüedad, margen que últimamente se había reducido a dos años en casos muy determinados.
No había ninguna regla escrita que determinase que tenía que ser así, pero era lo que ocurría en la práctica. Y eso es lo que Hirst, cuyo instinto para el negocio nadie discute, ha decidido cambiar, lo que puede tener profundas repercusiones para este mercado.
El monopolio de que gozaba el sistema de galerías podría tocar a su fin si este experimento tiene éxito, y con él el negocio que supone el 50 o 60 por ciento que se llevan los marchantes de las ventas de un artista.
Eso únicamente podrán permitírselo, es cierto, artistas consagrados porque los que no lo están aún seguirán necesitando seguramente el sistema tradicional de comercialización, aunque las casas de subastas, dispuestas a comerles terreno a las galerías, podrían desarrollar también teóricamente ese tipo de actividades.
Sea como fuere, nunca una subasta de obras de un artista contemporáneo había estado rodeada de tanta publicidad como la que la casa Sotheby’s dedicará el lunes y martes próximos en Londres a la nueva producción de Hirst y que el artista ha bautizado Beautiful inside my head forever (Bello dentro de mi cabeza para siempre).
Sotheby’s pondrá en puja un total de 223 obras del representante más conocido internacionalmente del llamado BritArt y también el más avispado negociante de ese grupo, al que también pertenecen Tracey Emin y los hermanos Chapman. Entre esas creaciones, hay, como no podía ser menos, un tiburón tigre suspendido en el interior de una vitrina, y un toro con pezuñas y cuernos de oro, instalación capaz seguramente de encantar a oligarcas rusos o multimillonarios en petrodólares.
No faltan tampoco sus pinturas de mariposas disecadas cuyas alas de colores crean el efecto de los vitrales de las catedrales medievales ni las llamadas spot paitings, a base de puntitos también de colores, o las spin paintings, creadas mediante la rotación del lienzo, todo ello, como se ve, muy decorativo.
Hirst, o más bien sus numerosos colaboradores, que trabajan en varios estudios, fabrican esas obras como churros a fin de satisfacer una demanda que al menos por el momento parece inagotable.
Según comentaba recientemente el crítico del diario The Times, Waldemar Januszczak, Hirst cuenta además con la inestimable ayuda de un manager irlandés de 70 años, Frank Dunphy, que antes trabajó para artistas del circo. Y es que el mundo de la Cultura se ha convertido en eso mismo.
Éste es quien negocia los acuerdos en nombre del escultor y pintor, entre ellos la compra de las 30 ó 40 propiedades inmobiliarias que posee aquél, y estuvo detrás de la decisión de subastar en 2004 el contenido del restaurante londinense Pharmacy, también de Hirst, que al final resultó ser un gran negocio.
Por taburetes en forma de aspirinas, lámparas simulando fórmulas químicas, esculturas en forma de hélice del ADN y estanterías de farmacia se pagaron entonces 11 millones de libras. Cuatro años después y sin que la crisis parezca afectar de momento al mercado del arte, Sotheby’s cree que la nueva subasta podría generar ventas de hasta 90 millones.
De nada sirve que algunos expertos adviertan de que las obras de Hirst son, sobre todo, un fenómeno comercial, una moda pasajera, y que no quedarán en la Historia del Arte como las de los auténticos creadores con los que a aquél le gusta compararse cuando se le reprocha su más que fino olfato de negociante.
“Rembrandt, Velázquez y Goya, todos ellos pensaban, creo yo, en los aspectos comerciales del arte. Yo me limito a hacer lo que harían ellos si estuviesen vivos”, sostuvo Hirst hace unos días.
El reputado crítico australiano Robert Hugues calificó en cierta ocasión despectivamente al tiburón en formol de Hirst como “el organismo marino más sobrevalorado” y comentó que era una buena “pieza de marketing”, pero “absurda” como obra de arte. Habrá que esperar a la próxima semana a ver cuántos le hacen caso.

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