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EL COLUMNISTA INVITADO / José María González Suárez

La herencia infame

La cifra de escolarización y de titularizaciones publicada por la OCDE estos días ha vuelto a sacar los colores a la pomposa octava potencia económica del mundo. Treinta años después de la recuperación de las libertades civiles, España sigue lastrada por la sórdida herencia del franquismo, de esos cuarenta y pico años de ignominia, atraso económico y social, cuyas consecuencias influyen en el modelo económico. Una economía basada en los servicios, con enormes cantidades de mano de obra sin cualificar, empleo precario y salarios bajos, que corresponde a las vergonzantes cifras de fracaso escolar, las más altas de la Unión Europea, y a la deficiente formación profesional de nuestros jóvenes.
El retrato más fiel de nuestras miserias lo dan las estadísticas de educación. La herencia de la dictadura, de la que tan orgullosos se muestran hoy los españoles de la derecha política, muestra que en la población entre los 25 y 64 años de edad el porcentaje de titulados en enseñanzas medias (bachiller, FP y otras) es de apenas el 43%, mientras que en el conjunto de los países de la OCDE alcanza el 67%. Cifra indicativa del enorme retraso de un país que tiene hoy más de un millón de analfabetos absolutos y en el que el 82% de los adultos mayores de 55 años no ha concluido sus estudios primarios.
Con este bagaje difícilmente puede ponerse en marcha un modelo económico basado en el desarrollo de una ID+i que permita la creación de una industria tecnológica propia que no nos haga dependientes al 100% de la inversión foránea. Mientras tanto, algunos de nuestros jóvenes buscan romper las barreras sociales de este país clasista con una titulación universitaria de ínfima calidad, mientras que la mayoría, alentada por el descrédito que el estudio y el saber tiene, no concluye los ciclos de educación primaria o secundaria y se lanza a los empleos de baja cualificación y al cutre hedonismo de los fines de semana de botellón y drogas. Cuesta dejar atrás los valores de la dictadura franquista. Quizá haya que esperar otros treinta años para acercarnos a los baremos educativos de la Unión Europea, aunque dudo que lo consigamos si no hay voluntad política.

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