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el columnista invitado / Enrique Arias Vega

Calatrava como síntoma

Corren malos tiempos para derroches. Hasta algo tan simbólico como la restauración de la zona cero de Nueva York no estará a punto para 2011, décimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ha reconocido el alcalde neoyorquino, Michael Bloomberg, echando indirectamente la culpa a Santiago Calatrava. El techo de su estación intermodal dejará de ser móvil, dado que el coste del proyecto supera ya en un 50 por ciento lo presupuestado. Su puente sobre el gran canal de Venecia hubo de ser inaugurado de tapadillo el pasado día 11 a causa de las quejas, sobre todo, por el carácter poco funcional de la pasarela.
No es la primera vez que eso le acontece a Calatrava. El Millenium Bridge londinense de Norman Foster y Ove Arup debió de demorarse varios meses tras una accidentada inauguración en la que el viento lo bamboleó cuando estaba repleto de autoridades. A Calatrava, digo, le persigue una leyenda de no pensar en las necesidades de los usuarios de sus obras. Otras críticas tienen menos fundamento, como la inundación del Palau de les Arts de Valencia o la falta de visión desde algunas butacas cuando su inauguración.
Es que la culpa no la tienen los arquitectos, sino la ostentosa apariencia de las nuevas obras civiles. Los países emergentes buscan fastuosos emblemas de su creciente poderío. Ahí tenemos, entre otros, las Torres Petronas de Kuala Lumpur, la proyectada ciudad Masdar de Abu Dhabi, el elevadísimo edificio Taipei o el colosal Jin Mao de Shangai. Sin ir tan lejos, el hedonismo arquitectónico ha convertido en nuevas catedrales laicas a bodegas antañonas, como el complejo de titanio de Frank Gehry para Marqués de Riscal, las majestuosas cubiertas de Richard Rogers para Protos o el proyecto de Norman Foster para Faustino. Pero, de repente, merced a la crisis, comienza a estar mal vista cualquier clase de ostentación. Como aquellos ricos que hace décadas ocultaban su patrimonio al Fisco, la opulenta sociedad del bienestar exhibe ahora sus costurones y ya no tiene humor para piruetas urbanísticas.

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