Al Bierzo, como al Oeste de John Ford y Jerónimo, el tren le cambió la vida. Le trajo la civilización y la mugre, el progreso y la especulación, las músicas de otras tierras y las miserias de otras esquinas. En él llegaron truhanes y trabajadores, pícaros y honrados. En él se fueron esperanzas hambrientas y ansias de aventura en un mundo más ancho que este.
El sudor del carbón corrió por sus vagones, a un paso de los cestos con huevos, de los asientos de madera, de los fardos misteriosos, de las maletas sin fondo, de las manos preñadas de callos, de los niños con zapatos nuevos, de unas monedas sueltas, de la pareja de la Guardia Civil o de unos amantes furtivos.
Fue territorio para la leyenda, fue forjador del mito del Bierzo indomable y minero y fue, también, metáfora del olvido en el que dejaron a la comarca después de arrancarle hasta el último gramo de riqueza. Por eso, hablar del tren el en Bierzo no es hablar de cualquier cosa, forastero.
Así que en determinadas bocas suena casi blasfema la eterna cantinela con el AVE, el Alvia y otros artilugios por el estilo. Quien vio pasar a la 31 con su música de tos y con sus hombros fuertes arrastrando el fruto de la mina y quien ahora la siente languideciendo en algún rincón del olvido tiene que sonreír con la boca torcida ante las últimas letanías ferroviarias.
El PSOE y el PP, esas maquinarias de decir lo mismo, aunque en momentos diferentes, guerrean desde hace años con un AVE que dejaron pasar a Galicia por el Sur dejando a un lado al Bierzo. Ahora, con la comarca apartada del camino, esas tres letras mágicas sólo sirven para arrojarlas de cabeza en cabeza cuando no hay otra cosa por la que discutir. Para eso se ha quedado el tren en esta tierra.