La crisis en el Cáucaso potencia la imagen del presidente ruso, Dimitri Medvédev, mucho más allá de la tutela de su omnipresente predecesor
Medvédev ha dejado de ser el ‘hombre de paja’ de Putin. AP
Europa Press Moscú
El conflicto del Cáucaso y la intervención del Kremlin suponen un problema para las relaciones exteriores de Rusia, pero desde el punto de vista interno han servido para que el presidente, Dimitri Medvédev, emerja como figura destacada pese a que hasta ahora estaba a la sombra de su antecesor, Vladímir Putin.
Ungido como líder en tiempos de guerra, el mandatario afronta ahora el hipotético problema del aislamiento internacional que podría provocar la crisis de Georgia, un factor sumamente negativo para la política liberalizadora anunciada, que prevé la apertura de la economía rusa al exterior.
Hace seis meses, cuando fue elegido presidente como delfín de Putin, algunos de los expertos en política rusa auguraron que no sería más que una marioneta controlada por su antecesor, ya que éste conservó un puesto de gran relevancia al aceptar ser primer ministro.
Sin embargo, la guerra con Georgia ha supuesto una reorganización de la estrategia de Moscú. La crisis ha otorgado a Medvédev un halo de líder seguro, que tomó decisiones de calado, como la orden de la contraofensiva o la firma del acuerdo de alto el fuego.
Otra de las imágenes que pasarán a la Historia es la de el dirigente en un atril, sobre un sobrio escenario, anunciando el reconocimiento como Estados de las dos provincias georgianas secesionistas: Osetia del Sur y Abjasia. Ese discurso, pronunciado con frases cortas, flanqueado por la bandera nacional y por el estandarte del presidente de la Federación Rusa y bajo el águila bicéfala del escudo patrio caló hondo entre sus conciudadanos. “El conflicto ayudó a Medvédev, quien actuó como presidente y como comandante en jefe, a consolidar más poder”, indicó el analista Stanislav Belkovsky. “Es destacable cómo durante el transcurso del conflicto el líder empezaba a hablar en primera persona, sustituyendo expresiones vagas como sería positivo por otras como pienso que o he decidido”, indicó.
Muchos expertos auguraban un mal futuro al tándem Medvedev-Putin, y esperaban que no superara la primera crisis de gravedad. Sin embargo, la pareja no solo se mantiene intacta, sino que ha demostrado su valía diplomática con la táctica del poli bueno y poli malo.
Medvédev evitó atacar directamente al país que más criticó la respuesta rusa, Estados Unidos, mientras Putin acusaba a Washington de intentar inflar el conflicto para ayudar al candidato republicano en la campaña por la Casa Blanca. “Trabajaron como un equipo en el que uno de los miembros despotrica mientras el otro, el que tiene que establecer lazos personales con los dirigentes norteamericanos, se atiene únicamente al lenguaje diplomático”, explicó Alexei Makarkin, un analista del Centro para las Tecnologías Políticas, un think tank moscovita. “Putin sigue siendo la figura fuerte de la pareja, pero Medvédev ha emergido como un auténtico presidente. No obstante, hay opciones de que pronto sus roles se igualen”, auguró.
A pesar de todo, la cuestión es si ahora, en el momento álgido del sentimiento nacionalista, Medvédev tiene suficiente influencia para seguir adelante con sus reformas.
Este antiguo abogado empresarial aseguró en su toma de posesión que aspiraba a integrar a Rusia en la economía mundial y a que formara parte de una Europa ampliada. Asimismo, hizo de la lucha contra la corrupción y la burocracia dos de sus banderas en el próximo Gobierno.
Los inversores y los mercados acogieron favorablemente estas promesas después de ocho años de Ejecutivo de un Putin. Fue una etapa de gran crecimiento económico, pero éste no se vio complementado con reformas que beneficiaran a los ciudadanos. Además, fueron numerosos los puntos de fricción con la Unión Europea y con Estados Unidos.
La condena de la respuesta moscovita en Tiflis y el espectro de las sanciones han generado una oleada de aislacionismo en Moscú que podrían perjudicar a unas reformas tachadas por algunos como demasiado “occidentales”.
“Al apoyar la agresión georgiana, Occidente ha perdido toda la autoridad moral y apelaciones tales como así es como lo hacen los países civilizados no funcionarán”, explicó Sergei Markov, un miembro del Instituto de Investigación Política, organismo vinculado al Kremlin. “Rusia necesita una modernización (...), pero buscaremos una europeización sin europeos”, apostilló.
No obstante, otros analistas creen que este sentimiento se calmará, lo que habilitará a Medvédev para poner en marcha sus planes de reforma. “Dicen que el siloviki (los agentes de la seguridad de la era soviética que han ocupado cargos gubernamentales desde la llegada de Putin al poder) quieren el aislamiento del país”, afirmó Belkovsky.
“No tiene sentido (...). Muchos de ellos son grandes empresarios que tienen intereses económicos en Occidente y lo último que necesitan es que Rusia se encierre en sí misma y deje que tener transacciones con los países vecinos”, afirmó contundente.