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DISPARATES ECONÓMICOS / Francisco Cabrillo

No basta con la buena fe

Una de las anécdotas más conocidas de la historia de las ideas económicas es la respuesta que un grupo de comerciantes franceses le dio al poderoso ministro del rey Luis XIV de Francia, Jean Baptiste Colbert, cuando éste, seguramente con la mejor voluntad del mundo, les preguntó qué podía hacer por ellos. La respuesta de los comerciantes le produjo, sin duda, una gran sorpresa: “Laissez-nous faire”, le dijeron. Resumían así, en una frase que se ha hecho muy famosa, la idea de que no hay mejor estímulo para la actividad económica y la prosperidad que un Estado que limite su intervención.
Cuando observamos lo que ocurre en el mundo real, encontramos sin embargo, con mucha frecuencia, un claro divorcio entre numerosas políticas económicas y el bienestar de la sociedad. La pregunta debe ser, por tanto, por qué los gobiernos insisten en llevarlas a cabo.
Estas teorías no son, sin embargo, excluyentes. El intervencionismo estatal alcanza a un gran número de actividades en la vida económica y las motivaciones finales no declaradas de las diversas regulaciones pueden ser muy distintas. En todo caso, se presentan ante la opinión pública como medidas dirigidas a conseguir el bien común.
Por desgracia, la buena fe del gobernante no es garantía del éxito de sus políticas. A lo largo de los próximos meses se analizarán en esta columna muchos ejemplos reales de políticas económicas absurdas y algunas de ellas tan habituales que forman parte de nuestra vida cotidiana y que poca gente pone en cuestión. Es fácil adaptarse a la tiranía del statu quo. Pero es más interesante sacar a la luz sus contradicciones y sus consecuencias sobre nuestras vidas y nuestros patrimonios.

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