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la esquina / Javier Santiago

Abrir las ventanas

Asomó las manos entre el ruido, agitó su polémico peinado de juez estelar y abrió las ventanas. Y con ese gesto, con ese regalo en forma de aire fresco, devolvió la sonrisa a las hojas mustias de los árboles que, desde hace décadas, caen sobre huesos pelados, heridos y a la intemperie.
Otorgó la ventilación esperanzada a los olvidados y, ante el rumor agradable del viento limpio, poco importa que lo haya hecho por honradez o por fanfarronería. Lo importante es que el aroma amargo de los cuerpos hundidos bajo la tierra empieza a transformarse ahora con el tacto sereno de la justicia.
Sólo los que temen a la ventilación hablan de revanchas, de reavivar miedos, de atizar dolores, de reabrir heridas. No. Se trata de cambiar olvido por memoria, miedo por esperanza, dolor por abrazos, heridas por cicatrices que no sangren jamás.
La soledad tremenda de tantas cunetas, de tantas tapias de cementerio, de tantas sillas vacías en el rincón más antiguo de la cocina, empieza a recibir la compañía infinita de la luz y del recuerdo.
Esas ventanas abiertas por un juez controvertido, pero valiente, han sumado todos los alientos frescos de tanta gente que no se ha rendido frente al olvido. El aire vivo que recorre España no borrará de un plumazo el dolor de la historia, pero, si no se cede ante las voces grises y acartonadas de los de siempre, puede cambiar el rumbo de un país que, hasta ahora, parecía condenado a herirse eternamente a sí mismo.
Esta generación, que puede saborear más libertad de la que soñaron sus ancestros, tiene la oportunidad cerrar definitivamente y con nobleza la página del dolor y la oscuridad para cambiar el espíritu turbio de un país amargo. Las ventanas ya están abiertas.

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