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MANIFESTACIÓN EN LA CORUÑA / Cristina Losada

Fin del silencio

La existencia de un consenso sobre la “normalización lingüística” ha sido un espejismo de larga duración en Galicia. Los tres partidos representados en el Parlamento autonómico se culpan ahora unos a otros de haberlo roto. O sea, de hacer trizas la fantasmagoría que ha presidido la génesis y el desarrollo de la imposición. Se sustentaba la entelequia en que ellos, los partidos, estaban de acuerdo en que la presencia del idioma español en estas tierras era una “anomalía” y que nosotros, los ciudadanos, aceptábamos esa sinrazón y acatábamos los totalitarios planes destinados a desalojar la patología. En Galicia, en gallego –era el lema facilón– y no se hable más.
Durante un par de décadas no se habló más. De tal manera se calló, que los normalizadores podían invocar el respaldo de la sociedad. No faltaron los grupos y lobbies que, en razón de unos u otros intereses, justificaran y jalearan, en nombre de la sociedad civil, aquella política abusiva. Tan plena ha sido la fusión del poder y esos satélites subvencionados, que un tinglado creado por el nacionalismo, como la Mesa pola Normalización Lingüística, se atreve a presentarse como organismo oficial y a amenazar con expedientes a los que desafíen sus ucases.
El tiempo del silencio se ha acabado, pero sólo si se consideran el prolongado mutismo y la duradera vigencia del tabú pueden valorarse en su justa medida los actos de disidencia. De ahí el mérito extraordinario de las campañas de Galicia Bilingüe y de la manifestación que convocó el domingo, en La Coruña, la Mesa por la Libertad Lingüística. La importancia de la manifestación coruñesa se ha visto corroborada por un hecho diferencial: su escasa presencia en la prensa gallega. Usan la manipulación como arma y el silencio como escudo.

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