Son pocos ya los que se atreven a dudar de que la actual crisis económica es la mayor que ha vivido el mundo tras la Gran Depresión de los años 30, en la que se larvó el siglo más convulso que ha conocido la Historia, con las guerras más sangrientas y los líderes más sanguinarios, pero también la mayor revolución tecnológica conocida y la mayor acumulación de riqueza soñada por el hombre, gracias a la casi universalización del sistema capitalista. Ha sido este sistema, que tiene su germen en la Revolución Francesa y ha sido teorizado, distorsionado y manipulado hasta la saciedad sin perder nunca su esencia, que es la sumisión del poder político al gobierno corporativo, fielmente representado hoy por el mundo financiero y las grandes corporaciones industriales. El derrumbe del sistema financiero en estos dos meses, ha dejado al descubierto quiénes ejercían el poder real , subordinando al político, al legislativo y al judicial, y cómo consiguieron un enriquecimiento ilimitado sin responsabilidad alguna ante los contribuyentes ni ante los jueces y que teorizó como ningún otro Musolini. Ha llegado la hora de los líderes políticos, económicos y sociales. Los ciudadanos les elegimos siempre para que tengan la suficiente grandeza como para obligarnos a hacer aquello que nuestro individualismo nos impide hacer por iniciativa propia. Los que ya están elegidos y los que se elegirán próximamente, desde el presidente de Estados Unidos hasta el último alcalde de León; desde el primer banquero hasta el último sindicalista; y desde el premio Nobel hasta el maestro de escuela. Cada uno en su parcela ha de ejercer su responsabilidad social y estar dispuesto a dimitir si no da la talla. También son tiempos de dictadores, apocalípticos, charlatanes y mesías, a los que hay que desenmascarar sin piedad.