I gnorar o menospreciar la capacidad política de Abel Pardo sería tremendamente injusto. Está donde está por méritos propios. Cuando fue defenestrado por De Francisco, luchó en la retaguardia y en las batallas universitarias que a punto estuvieron de costarle el puesto a Ángel Penas hace cuatro años. Chamorro aceptó su inclusión en la lista por delante de Alejandro Valderas, una decisión injusta como igualmente hubiera sido injusto negar a Pardo un puesto de salida. Ahora, desde su Concejalía de Cultura Leonesa, reivindica el lleunés hasta el extremo de que todas las solicitudes de su departamento están en un idioma que ya no se habla en la calle. Lo fomenta en los colegios, con anuncios por todas partes, pese al fracaso del año pasado. Muchos padres pensaron que sólo era más trabajo y no una forma de recuperar nuestro pasado, y apenas se apuntaron una veintena de niños. Ahora, la polémica es por la marginación de la dulzaina y la potenciación de la gaita. No sé qué diría Agapito Marazuela –el gran dulzainero segoviano–, pero León no es tierra de gaitas por mucho que lo diga Abel Pardo. La potenciación del lleunés no puede hacerse a lo Sabino Arana, sino por convencimiento de una ciudadanía como la leonesa que se muestre orgullosa de su pasado. UPL está perdiendo la oportunidad de fomentar un leonesismo cívico, que apueste por el patrimonio, por la recuperación de tradiciones, por la defensa de una cultura propia. Siguen en una nube, coronando reyes, sin encontrar un verdadero papel útil.