UNA PROVINCIA EN BLANCO Y NEGRO

Péinate niña, que viene el retratero
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Cuando las casas de los pueblos no estaban para muchas fotos las familias se desplazaban hasta la plaza más lustrosa del lugar y allí posaban para aquellos fotógrafos que recorrían las comarcas inmortalizando a sus gentes. No extraña la preocupación por salir ‘guapas’ en las fotografías pues en muchos casos aquel retrato era el único documento que se iba a conservar de la época en el viejo álbum familiar, completando la biografía de sus gentes con las consabidas imágenes de las bodas y aquella otra estampa escolar del niño bien peinado sentando al lado de la bola del mundo y con el ‘Mapa físico de España’ como telón de fondo. — Péinate niña, que viene el retratero; decía la madre antes de que la comitiva familiar saliera camino de la plaza del pueblo. Acudían a las plazas pues en las casas no había habitaciones apropiadas. Todas estaban llenas de camas para tantos hijos como corren por los pasillos, la vieja cocina de carbón echa mucho humo y ennegrece sus paredes y en el comedor, que sólo se abre en las comidas de la fiestas patronales, es complicado colocarse como el fotógrafo quiere: los niños delante, los padres detrás y con un fondo que le de profundidad a la imagen. Mucho mejor la plaza, alrededor de la fuente. — Preparados que disparo. |
![]() Fulgencio Fernández |
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