Pérez Herrero fue el único leonés que pudo entrevistar al poeta de Granada. Fue en 1933. Hace ahora 75 años
Federico García Lorca, en sus años de juventud. archivo
La vieja carreta de Tespis, metamorfoseada con el tiempo en veloz caravana de automóviles y con el nombre ahora de ‘La Barraca’ realiza una nueva salida como caballero andante por caminos y posadas dejando en ellos la estela luminosa de la risa juvenil y toda la belleza y picardía de nuestro teatro antiguo. La ocasión nos era propicia y la noche de un viernes buscamos a su director, Federico García Lorca, para que nos hable de sus ideas, sus proyectos, sus ilusiones... Calle Ancha abajo, apenas salidos del hotel. Federico, “ moreno de verde luna” como el Camborio de su romance, contesta expansivo y cordial a la primera pregunta.
¿Son disciplinados estos muchachos de “La Barraca”?
¡Oh, sí!... Lo mismo a Ugarte que a mí nos respetan y nos quieren. Además, de no ser así, se les eliminaría (...).
Hemos llegado al bar. Mientras tomamos sosegadamente un café, continuamos desgranando la caravana de interrogantes, medio encaramados en los altos taburetes alineados ante el mostrador. Y así es como, casi sin querer, surge la pregunta concreta:
¿Qué opinas de la poesía?
Que el grupo de poetas jóvenes de España, integrado por Alberti, Aleixandre, Guillén, Altolaguirre y otros, es grande, muy grande. Su obra interesa hoy a todo el mundo y es codiciada como algo extraordinario. A mi juicio es, sin duda, sin duda créeme, lo mejor del mundo, y su influencia tan solemne y grande como lo fue la del romanticismo francés; sólo que hoy, apenas nacido, no se le ha llegado a desentrañar popularmente.
¿Debe, a tu juicio, el artista vivir emancipado del morbo político?
Totalmente. Igual en poesía que en teatro, que en todo... El artista debe ser única y exclusivamente eso: artista. Con dar todo lo que tenga dentro de sí como poeta, como pintor, ya hace bastante. Lo contrario es pervertir el arte. Ahí tienes el caso de Alberti, uno de nuestros mejores poetas jóvenes que, ahora, luego de su viaje a Rusia, ha vuelto comunista y ya no hace poesía aunque él lo crea, sino mala literatura de periódico. ¡Qué es eso de artista, de arte, de teatro proletario! El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista en el mejor sentido de la palabra, sin que deba ser capaz de escuchar otra llamada que la que fluye dentro de sí mismo mediante tres fuertes voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios; la voz del amor y la voz del arte.
Y al decirlo, Federico, hombre y poeta, se busca con la mano, con la vista ese sitio del pecho donde a él deben hablarle con toda su fuerza y toda su intensidad esas tres voces universales.
Entre cigarrillo y cigarrillo las respuestas agudas y joviales de Federico se van sucediendo sin prisa. De vez en cuando sus afirmaciones se nos antojan tremendamente veraces y sinceras. Así, por ejemplo, cuando le preguntamos qué le parece Valle Inclán como poeta.
Detestable. Como poeta y como prosista. Salvando el Valle Inclán de los esperpentos –ese sí, maravilloso y genial– todo lo demás de su obra es malísimo. Como poeta un mal discípulo de Rubén Darío, el grande. Un poco de forma... de color ... de humo. Pero nada más. (...)
¿Cómo procuras que sea tu teatro?
Popular. Siempre popular. Con la aristocracia de la sangre del espíritu y del estilo, pero adobado, siempre adobado y siempre nutrido de savia popular. Por eso, si sigo trabajando, yo espero influir en el teatro europeo. Hubiéramos querido hacerle muchas, muchas preguntas todavía, pero nos hace saber que le espera el ensayo para la representación de la noche y hemos de iniciar el camino del teatro. No obstante, aún podemos, sobre la marcha, pedirle una opinión a su sensibilidad de artista. Queremos que nos hable de la Catedral. Pues verás, ante la Catedral no sé qué decir. El silencio es la mejor respuesta. Una sola palabra no haría otra cosa que profanar la grandeza de su luz, su poesía, la maravilla de sus muros de cristal y la majestuosidad de sus bóvedas. Esta mañana, me la pasé toda en ella, sentado en una silla baja, como una beata visionaria, bañándome en el fervoroso anhelo que es toda su estructura. Por eso no pude fijarme en el detalle, absorbido todo yo, como estaba, por su sublimidad (...).