En Francia no pasa nada, todo está supeditado a las elecciones estadounidenses: todos los medios informativos, los políticos y las políticas (mitad y mitad), los cantautores y las vacas locas, esperan que con la victoria de Obama sus asuntos se arreglen, se solucione la crisis, vuelva la amada y se cure el cáncer. Pero mientras tanto, en Francia, no pasa nada.
En uno de tantos programas de televisión dominicales, vi a Pierre Moscovici (el hijo del psicoanalista que hipnotizó al presidente Giscard y le convirtió en momia para favorecer la victoria de Mitterand), que fue ministro de Asuntos Europeos del Gobierno Jospin, explicando que las elecciones norteamericanas no son unas elecciones más, sino un hito histórico, ya que la victoria de Obama va a cambiar el mundo.
Pero aquí, no pasa nada. En vísperas de su Congreso, los socialistas, sin programa, sin cangrejos ni langostas, se instalan en insultos y reyertas personales. La última, este fin de semana, fue muy dura y se produjo entre François Hollande (“me voy, me voy, me voy, pero me quedo”), que apoya la candidatura de Bertrand Delanöe a la jefatura del Partido Socialista, y la resucitada Martine Aubry (Miss 35 horas), apoyada por Laurent Fabius. Todos –hasta el Gobierno– exaltan las virtudes del capitalismo de Estado, ese mismo capitalismo y esa misma burocracia de Estado que, desde Gaulle (toujours lui) hasta hoy, ha congelado y arruinado Francia. Un ejemplo: siguiendo las directivas europeas, se preparaba no la privatización sino la apertura del capital de Correos. Los sindicatos gruñían, porque para ellos todo lo que suene a privatización es pecado mortal. Lógico, son parásitos de la burocracia estatal. Pues la reformita ha terminado por posponerse, y posiblemente se abandone.
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