El recién elegido presidente norteamericano tiene que hacer frente a las enormes expectativas que ha levantado en su país
La crisis económica será uno de los grandes retos del nuevo presidente.
A.G. Washington
Al próximo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, le espera ahora la tarea de cumplir las enormes expectativas que ha levantado en su país y de ajustar sus promesas a la realidad de una crisis económica profunda.
La euforia aún envuelve a sus partidarios, que celebraron la victoria con bocinas y banderolas hasta la madrugada en muchas ciudades del territorio, en una fiesta espontánea inusitada que llevó a miles de personas incluso frente a las rejas de la Casa Blanca.
Sin embargo, el equipo del líder demócrata, que lleva meses preparándose para la transición, sabe que los problemas del país son demasiado agudos para dormirse en los laureles.
El senador de Illinois hereda dos guerras, una economía hecha trizas y un Osama ben Laden, jefe de Al Qaeda, aún empeñado en atentar contra Estados Unidos.
Hoy, el Gobierno entregará a los asesores de Obama las llaves de una oficina de transición en el centro de Washington de 9.300 metros cuadrados, que acogerá una plantilla de un máximo de 500 personas.
El recién elegido también gozará de una amplia mayoría en el Congreso y deberá definir lo que desea de verdad y convencer a los líderes de su partido en la Legislatura para que lo respalden.
Lo que parece inevitable es que se verá obligado a bajar el tono de sus promesas electorales, en vista de la crisis económica. «Todas sus propuestas van a chocar contra la realidad fiscal del país», destacó Theodore Moran, catedrático de finanzas de la Universidad de Georgetown. En el discurso de la victoria en Chicago, el propio mandatario advirtió de que «el camino por delante será largo». «Puede que no lleguemos en un año o incluso en un mandato, pero, estadounidenses, nunca he tenido tanta esperanza como esta noche de que llegaremos», le comunicó al país.
Tema urgente
La economía será el tema más urgente y sus asesores han indicado que prevén que Obama anuncie en los próximos días su secretario del Tesoro, que deberá ser ratificado en el cargo por el Senado.
Hasta el 20 de enero, el día de la toma de posesión, se quedarán en su puesto los principales directivos actuales de ese departamento, según anunció el Gobierno. El Congreso podría no esperar tanto para aprobar el estímulo fiscal que ha propuesto el nuevo dirigente, por valor de 175.000 millones de dólares.
El proyecto de ley que manejan los demócratas por ahora prevé usar unos 100.000 millones de dólares para inversiones en infraestructura, ayuda a los estados y los municipios, asistencia a los pobres y subsidios para el desempleo. El objetivo sería dar oxígeno a una economía que, según todas las señales, ha entrado en recesión, pero algunos expertos creen que el paquete necesitaría entre 300.000 y 500.000 millones de dólares para tener efecto.
Ese volumen de gasto colocaría el déficit presupuestario del país en el billón de dólares en el actual año fiscal, que comenzó en octubre. Por ahora, incluso economistas obcecados con el equilibrio fiscal como Robert Rubin, ex secretario del Tesoro de Clinton, aceptan que habrá que olvidarse del presupuesto a corto plazo, pero cuando la economía repunte Estados Unidos tendrá que ajustarse el cinturón.
Eso ceñirá el margen de maniobra de Obama para impulsar sus rebajas tributarias y su reforma del sistema de salud, según los expertos.
Otra de las cuestiones que el demócrata deberá abordar con urgencia es Iraq, una guerra demasiado impopular, con un altísimo coste económico y que ha costado miles de vidas estadounidenses. El senador fue claro y prometió por activa y por pasiva que si llegaba a la Casa Blanca pondría fin a la campaña militar “de forma responsable”, ordenando el regreso paulatino de las tropas en 16 meses, que en estos momentos asciende a 15.000.
Si bien es cierto que prometió el regreso a casa de las tropas, la realidad es que muchos de esos mandos y soldados lo harán por poco tiempo, ya que el candidato también dijo en reiteradas ocasiones que si se convertía en presidente trabajaría para mejorar la cada vez más conflictiva situación en Afganistán, uno de los referentes de la lucha contra el terrorismo que emprendió la Casa Blanca tras los ataques terroristas del 11 de septiembre.