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TROPAS ESPAÑOLAS EN MISIONES INTERNACIONALES

Víctimas de la sinrazón talibán

Escalada sangrienta. En el año 2007, los atentados suicidas superaron ampliamente los 150

Los militares en Afganistán tratan de reconstruir las infraestructuras. efe

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SPC
Por mucho que el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, proclamara pocas horas después del atentado suicida que el pasado domingo costó la vida a dos militares españoles destinados en la base de Herat, que España “no tiene que tener ningún complejo de lo que está haciendo en Afganistán”, porque está “contribuyendo” en las áreas “fundamentales” para la rehabilitación y reconstrucción, a nadie se le oculta que los sondeos de opinión demuestran que una gran mayoría de los ciudadanos patrios está en contra de la presencia de tropas en aquel país. Y no se trata tanto de una manifestación del espíritu pacifista de la sociedad, que también, sino más bien de la perplejidad que produce una operación cuya razón de ser casi nadie termina de comprender.
El último ataque, que eleva a 88 las bajas de uniformados españoles en Afganistán es tan sencillo de explicar como complejo de entender. No se trata sino de un nuevo, el enésimo, atentado de los talibán, cuyos crímenes se han elevado exponencialmente durante los últimos tiempos. En esta ocasión, los insurgentes hicieron estallar una furgoneta con varios proyectiles y más de 150 kilos de metralla al paso de un blindado de las tropas. La brutal explosión, suficiente para destruir incluso un carro de combate, segó las vidas del cabo Rubén Alonso Ríos y el brigada Juan Andrés Suárez García. Poco más hay que decir.
La verdadera incógnita radica en atisbar por qué la radicalizada población local elige a las tropas multinacionales, supuestamente desplegadas en el país afgano para contribuir a tareas tan loables como sacar a su país de la miseria en la que está sumido, como blanco para sus carnicerías.
La respuesta no parece encontrarse en la propia naturaleza de la misión, puesto que los atentados suicidas han ido paulatinamente aumentando durante los últimos 36 meses. Baste recordar que en 2003 solo hubo uno y media docena en 2004. Un año después se produjeron 25, y superaron con creces los 100 en 2006, cuando se inició la verdadera escalada terrorista, que llevó los ataques hasta más de 150 en 2007, una cifra que promete quedarse pequeña cuando termine el ejercicio en curso.
Semejante fragor es doblemente absurdo. Primero, porque la violencia nunca soluciona los problemas, pero, sobre todo, debido a que la campaña de asesinatos –que no se ciñe a los atentados contra los uniformados, puesto que más del 70 por ciento de las víctimas del terrorismo son ciudadanos civiles afganos– carece de un propósito conocido y, si alguno tuviera, sería tan irreal como forzar la retirada de las tropas internacionales.
Ante evidencias tan palmarias, quizá cabría buscar la causa del horror en cuestiones casi sociológicas, ya que Afganistán es un entorno tristemente propicio para la violencia indiscriminada en el que un pueblo cada día más frustrados ante la quiebra de todas y casa una de las expectativas de mejora en sus deplorables condiciones de vida.
En suma, los talibán no parecen tan inmersos en una campaña contra la presencia de militares foráneos como en una estrategia diabólica para tratar de recuperar su influencia sobre la población y, finalmente, de nuevo el poder.

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