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UNA CIUDAD EN BLANCO Y NEGRO


Cuando la dulzaina
no tenía patria

Eran años grises en los que los vecinos arrancaban momentos de alegría a base de imaginación, arte... y dulzaina y tamboril, que eran instrumentos que siempre había alguien ‘mañoso’ que los sabía tocar.

Las paredes del viejo salón del pueblo, de algún corral y hasta de las cocinas amplias guardan en la memoria muchos bailes y fiestas en las que dulzaina y tamboril sonaron como la mejor de las orquestas, a sus acordes bailaron hasta el amanecer. No faltó su música en las procesiones y desfiles de las fiestas patronales.

En cualquiera de nuestros pueblos, Alija del Infantado por ejemplo, que es el que aparece en la fotografía, nada sabían de nacionalidades de los instrumentos y sí mucho de sus ganas de divertirse. Incluso de su sentido del humor pues en el pie de foto de esta imagen se dice textualmente: “La dulzaina actuando, la ermita de El Cristo al fondo y detrás la parte contratante (1948)”. No se necesitan más explicaciones. La dulzaina ameniza, el tamboril acompaña, los músicos se lucen y la parte contratante se divierte.

También sonaron los acordeones, donde había músicos y dinero, las gaitas... el caso era poder bailar y arrancarle a la vida diaria recuerdos más gratos que los trabajos y las horas, que los sudores y las hambres, que las penas y los afanes.

Ningún instrumento tenía patria. La patria era la evasión.


Ful
Fulgencio
Fernández

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