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EN UN MINUTÍN / Elena F. Gordón

Que si quieres arroz, Catalina

Ir al dentista no es ni a priori ni a posteriori una tarea agradable, por lo que a nadie le extraña que uno ponga cara de póquer o de corderito degollado cuando tiene que pasar por semejante trance. Por mucha música clásica que te pongan en la sala de estar, por mucha sonrisa amable y megareluciente del recepcionista, por mucha tranquilidad que te quieran inspirar, no deja de acojonar tumbarse en un sillón requeteortopédico a merced de un profesional que vaya usted a saber con el ánimo que se ha levantado, que te metan objetos punzantes en la boca y, especialmente, ese ruido estremecedor de los aparatos con los que se mejora nuestra salud bucodental a un precio nada módico.
Pero la visita a establecimientos que deberían resultarnos infinitamente más placenteros también se puede convertir en una pesadilla que no duele pero puede resultar profundamente frustrante. Hablo de las peluquerías de mujeres, espacios pensados para el relax y la belleza en los que trabajan una legión de rebeldes y sordas –eso parecen algunas– a las que poco importa lo que la clienta diga sobre qué quiere para su cabello. Armadas con peine y tijera hacen caso omiso de las peticiones –que la experiencia previa convierte muchas veces en ruegos– y obran según su conciencia, de forma que pasar por la peluquería se convierte para muchas en una aventura de fin incierto. ¿Quién no ha lamentado alguna vez la mano larga de su peluquera, haber aceptado esa sugerencia de innovación estética y ha tenido que meterse debajo del grifo, cuando no ha pillado un berrinche monumental? Peor lo han pasado otras. “Me cortas las puntas, por favor, me pones un baño de color castaño claro y alisas la melena”. Inútil. La peluquera lo vio claro. La susodicha salió morena, con el pelo corto y un moldeado a lo afro.

elenafgordon@la-cronica.neIIt

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