Fernando Herreras López era miembro de la tuna de Derecho.
I.H. León
Una mujer fallecía la madrugada del sábado a consecuencia de las heridas de arma blanca sufridas en el transcurso de un robo con intimidación del que fue víctima. Una mujer con nombre y apellidos que hoy llena páginas de periódicos y espacios de radio y televisión. Lo mismo pasó en su día con Fernando Herreras López, que en un incidente similar quedó en coma irreversible en julio de 2004. Todos los medios se hicieron eco del suceso y del juicio, pero la actualidad de hoy es historia mañana y Fernando Herreras López fallecía el pasado 26 de octubre tras cuatro años en estado de coma. Cuatro años en los que se olvidan los hechos ocurridos la noche del 26 de julio de citado año. El agresor de Fernando no era un rostro desconocido para él, sino un habitual que frecuentaba su lugar de trabajo –unas instalaciones deportivas– conocido por sus intentos de ‘colarse’. Aquella noche, la víctima había salido de trabajar y, como acostumbraba, fue a tomar unos cortos a la zona de La Palomera siguiendo la ruta habitual. En el penúltimo bar que solía visitar (aquél día sin su grupo de amigos pues había trabajado en el turno de tarde y su círculo ya se había recogido) coincidió con el joven de 19 años que unos momentos después le asestaría tal golpe que le dejó en coma. Según las informaciones que la gente del entorno de Fernando ha podido recabar, éste invitó al chaval a lo que estaba tomando, pero le indicó a la camarera que se lo pagaría al día siguiente, lo que hace creer que quizá el agresor ya le hubiera pedido dinero en el bar pues según testificó la camarera este proceder no era propio de Fernando.
Sin más, salió del bar, al parecer con la intención de hacer la última parada antes de marcharse a casa y fue en los escasos metros que separan un bar de otro donde se produjeron los fatídicos hechos, siempre según han podido reconstruir los allegados de la víctima.
El agresor, al parecer, exigió a Fernando que le diera el dinero. Entienden que se produjera algún tipo de discusión que tampoco fue más allá pues aseguran que todo indica que Fernando se dio la vuelta decidido a irse a casa saltándose la última etapa de su ruta habitual poniendo así fin a la supuesta discusión. Fue entonces cuando, por la espalda, el agresor le propinó un puñetazo que le dejó tendido en el suelo y en un estado de inconsciencia del que jamás volvió a despertar. El entorno de Fernando considera que el exceso de confianza por parte de la víctima –pues conocía al agresor– hizo que se fuera hacia el coche sin preocuparse de mirar atrás.
Más de cuatro años después, Fernando Herreras López, trabajador municipal en un pabellón deportivo, miembro de la tuna de Derecho, aficionado al tiro con arco, hijo, hermano, tío y amigo, fallecía mientras el culpable de su muerte no está en la cárcel.
Se celebró juicio y cumplió condena, pero el juez, a petición del fiscal, resolvió una pena de dos años y ocho meses de prisión eludiendo las peticiones de la acusación particular que solicitaba cuatro años por robo con violencia, otros cuatro por delito de lesiones y uno más por omisión del deber de socorro.
A juicio de los allegados de Fernando, el fiscal, que representaba a la sociedad debía haber sido más duro, “estuvo, cuanto menos, poco acertado” pues el agresor, “ya conocido en el momento de los hechos por su actividad delictiva ha visto cómo por algo tan grave se paga tan poco” lo que no le inhibirá en futuras ocasiones, entienden, de actuar del mismo modo: “Habrá otro (dicen) que tendrá también nombre y apellidos y una familia y una vida”.
La de Fernando se quedó aquel día en la acera del barrio La Palomera. No volvió a hacer la ruta que habituaba cada tarde, ni volvió a tocar la pandereta con la tuna de Derecho en el certamen anual al que seguía asistiendo (“dicen que el tuno no deja de ser tuno nunca”), ni volvió a disfrutar de su sobrino, su ahijado, al que colmaba de atenciones.
Todo por un robo. El mismo fin que el de María Teresa García Flórez, la víctima de ayer.