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EL CALOR DE UN HOGAR

Entrar y salir de la calle

Perder un trabajo, un desahucio, una ruptura familiar... Cada ‘sin hogar’ tiene una historia detrás. Hoy, en el Día de los Sin Techo, se recuerda lo fácil que es verse inmerso en este mundo de exclusión. Salir es más complicado, pero no imposible

El leonés José Luis del Castillo lleva casi ocho años alternando la calle con pensiones. mauricio peña

Isabel Herrera León
No es la primera vez que José Luis sale en el periódico, pero entonces lo hacía como portero de un equipo de fútbol de Bilbao de tercera división y hoy es protagonista del Día de los Sin Techo. Ya hace mucho de aquello. Aunque natural de León, José Luis del Castillo ha vivido la mayor parte de su vida en Bilbao, cuyas calles le han servido también de cama durante muchas noches.
“Cuando me casé empezó todo”, con esta frase inicia su relato. Llevó al altar a una chica de 17 años (14 más joven que él), embarazada, a la que sus padres echaron de casa –según cuenta– al saber que estaba esperando un hijo, y encima de José Luis, “yo era un fichaje allí, me tenían por un broncas, y sus padres no querían que estuviera conmigo”. Durante siete años José Luis convivió en familia en un piso de alquiler, “yo jugaba al fútbol, tenía un trabajo (era panadero), lo tenía todo”, dice, pero “una noche me dijo que se iba con sus padres; yo me fui a la calle, cogí dinero del banco y gasté casi un millón de pesetas”. Era el principio del fin, fue el día que cambió su vida, que pasó de tenerlo todo –como él mismo dice– a sumergirse en un mundo de exclusión social, el de las personas sin techo.
José Luis se vio solo. Cogió una baja por depresión y a los 15 días le echaron del trabajo y “ahí nada, sin dinero, sin nada”.
Su situación familiar tampoco era muy apropiada, “tenía madrastra y hermanastros y durante un tiempo estuve en casa de ella, pero “lo primero que hizo fue pedirme las 80.000 pesetas que mi difunto padre me había dado en su día para entrar a vivir en el piso de alquiler”. En el pueblo donde vivía con su mujer se le hizo insoportable estar: “No podía estar allí, ella está allí. Un gran amigo me dijo que me fuera, que me veía mal”. Y así lo hizo. Al final se vio en la calle, durmiendo un día entre cartones y otro, el que podía, en alguna pensión.
Dice que trabajar ha trabajado, “y mucho, pero 15 días, un mes... en Burgos estuve unos años en la construcción; allí vivía un mes en la calle, otro en una pensión...”. ¿En dónde se le iba entonces el dinero? En mujeres, “me iba a los clubs y ahí todo”. José Luis pagaba la pensión al día, si tenía bien, y si no a la calle.
Todo lo que tiene cabe en una mochila, la que viaja con él de ciudad en ciudad. En ella, ropa y enseres de higiene personal “porque yo eso no lo he perdido nunca, aunque duerma en la calle, cuando me levanto, lo primero que hago es irme a una estación o un sitio donde asearme, afeitarme, luego ya a esperar a que den las ocho de la mañana y abran el comedor para desayunar muerto de frío”.
Lleva en León poco más de una semana, desde que llegó ha dormido bajo techo, en el albergue. “Lo de vivir en la calle no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo. Es duro, es duro solamente pasar un día”.
Cuenta todo esto sentado ante un plato de cocido. Hoy le han invitado a comer y José Luis ha aceptado con gusto, “no todos los que están en la calle lo habrían hecho”, asegura. Se muestra muy disciplinado, incluso con los ‘vicios’ cotidianos. Es fumador, pero en ningún momento acepta la invitación a un pitillo. Sólo al acabar la comida saca su paquete de Gold Coast del bolsillo y se enciende un cigarro. Fuma los justos. No más.
Sigue contando lo que han sido estos casi ocho años desde el día en que su mujer se marchó de casa con su hijo, al que no ha vuelto a ver.
“Yo soy una persona de la calle, pero no me gusta andar con la gente de la calle. En la calle no hay solidaridad, cada uno va a lo suyo. Hay peleas por cinco céntimos o por un cigarro. Prefiero andar solo buscándome la vida, yo voy a la gente, la miro y digo, éste a lo mejor me da algo”, aunque asegura que no ve amabilidad en la sociedad, “te acercas y creen que les vas a pegar o a robar; yo tengo que ir engañando a la gente, no puedes pedir para tabaco o para un café, tengo que pedir para coger un billete de autobús... es una vida muy mala, esto de pedir es muy complicado, cada día te tienes que inventar un cuento, una película, yo no trato de engañar a la gente pidiendo, intento sobrevivir, nada más”.
En estos más de siete años ha pasado por muchas fases. Burgos fue una ciudad que le marcó tanto para bien como para mal. “Estuve un tiempo durmiendo en un cuartel general abandonado, allí dormíamos unos cuantos entre cartones. Entonces yo estaba trabajando y había un valenciano que era alcohólico al que queríamos meter a trabajar, pero de un día para otro, una noche llegamosy lo encontramos muerto, se nos murió allí”.
También el periodo de mayor estabilidad lo tuvo en la capital burgalesa cuando José Luis dormía en una pensión, “iba a trabajar, iba al gimnasio y todo; hasta que un día me echaron del trabajo y, cuando se te acaba el dinero, otra vez a la calle”.
Vuelta a pedir para comer, para tomar un café caliente... “Hay gente a la que le pides y te dicen ‘No, es para droga’; ya les digo ‘Jefe, ¿me ves con cara de drogado?’”. A José Luis las drogas no le han atrapado, asegura, “yo soy un deportista; hombre, como toda la juventud, alguna vez, cuando tienes dinero y vas de juerga, pero no, drogas no”. Pero son los prejuicios, “el como te tratan es lo peor”. “El otro día, aquí en León, fui a un centro de salud a que me curaran una pierna y ya me empezaron a preguntar que de dónde era, que de dónde venía, que tal, que cual. Me pasaban de uno a otro y nadie me atendía. Al final ya me calenté, porque yo soy muy recto y muy tranquilo, pero tengo ese repente y las puse a parir. Yo les dije, ‘Por favor, que vengo a curarme’. Me trataron como a un perro”.
José Luis del Castillo tiene 47 años y no se cansa de repetir que lo ha pasado muy mal. El desencanto por la sociedad y por el futuro se va adueñando de la esperanza. “Son 47 años ya los que tengo... qué va a cambiar, ya lo que venga. Me da igual, como venga la vida, he estado bien y he estado mal. Ahora estoy así, en la calle, pues así, luego trabajando, pues trabajando. El momento, lo que es el día a día. Yo no pido más de lo que merezco, si yo merezco la calle, pues la calle”.
Quizá esté en León su oportunidad de salir de la calle. Cáritas está gestionando la posibilidad de ofrecerle un trabajo en una explotación ganadera. El sueldo no es nada extraordinario, pero la oferta incluye alojamiento. Quizá tenga una oportunidad.
Es una línea muy fina la que separa a los ‘sin techo’ de los ‘con techo’. Traspasar el límite y verse en la calle cuesta poco, más difícill es salir de esta situación de exclusión social. Las personas sin hogar no son únicamente esas que deambulan por las calles y duermen en los cajeros o en los parques; ‘sin techo’ son también quienes se alojan en albergues, instituciones, centros de acogida, los que viven en chabolas o en condiciones de hacinamiento... en definitiva, todos aquellos que no disponen de una vivienda que proporcione cobijo, de un lugar de referencia al que volver, de un espacio de intimidad.
León fue la oportunidad de Merlina y, también en este caso, vino de la mano de Cáritas.
Merlina es hoy una mujer con trabajo y tiene un piso alquilado. Cada noche, al salir de trabajar, tiene un lugar al que dirigirse, un sitio al que tiene ganas de llegar, donde guarda sus pertenencias, muchas o pocas, donde se siente segura y cómoda, donde no se moja ni pasa frío, su hogar.
A este punto ha llegado después de dar muchas vueltas. Salió de su país, República Dominicana, con un sueño, España, y a pesar de que le ha costado un triunfo y en más de una ocasión lo vio muy complicado hoy se confiesa feliz, contenta.
Antes que León fueron varios los países y ciudades en los que se apeó. Las dificultades económicas fueron el motivo de que se marchase de su hogar. El primer destino de Merlina fue Perú, donde pasó un año y cuatro meses con su marido. Embarazada de cuatro meses salió hacia Turquía. El objetivo era España, pero sin papeles, había que buscar la fórmula de entrar. Su estancia en el país otomano duró poco más de un mes. De aquí a Italia, de Italia a Barcelona y, luego ya, Madrid. En un primer momento ese era su destino. En la capital madrileña recurrió a una amiga, pero ésta, al verla embarazada se echó atrás. Estaba en Madrid, embarazada casi de siete meses, ilegal, sin dinero y sin casa. Fue entonces cuando oyó hablar de Cáritas. Otra amiga suya, afincada en León, le sugirió que recurriera a la oenegé, “pero en Madrid...”. Así que su amiga decidió plantear la situación de Merlina en la sede de la organización en León que llevó su caso a reunión y, una semana después, resolvió acogerla en el centro que la organización tiene en León.
Merlina se siente afortunada y eternamente agradecida a Cáritas pues se vio sufriendo la calle, como José Luis. No fue así, viajó a León y aquí tuvo a su hija. “En la casa de acogida me sentí como en mi casa, cuidaron de mí y de mi hija y me ayudaron en todo”, explica Merlina. Tenía que regularizar su situación, encontrar un trabajo y buscar un hogar, el centro es un lugar de paso.
De nuevo dedica a la gente de Cáritas todos los logros: “Ellos me ayudaron a encontrar una oportunidad laboral y a poner en regla mi documentación y, de este modo, regresé a mi país (pasé allí cuatro meses) y volví con un contrato como empleada del hogar”. Merlina comparte ahora piso con su amiga y con otra chica. Sus hijas (la que nació en España y otra que tiene siete años) están en la República Dominicana, pero espera poder tenerlas consigo el próximo año.
Tenía un sueño, tiró hacia adelante con él y lo ha conseguido. Dice que ella no ha venido a España para ganar dinero y luego volver a su país, en León ha construido una vida, ha conseguido un empleo, goza de una situación legal y está encantada con la ciudad. Aquí quiere quedarse. Además, tiene una familia española, la de Cáritas.
La suerte –combinada con una alta dosis de fortaleza– puso en el camino de Merlina una oportunidad a la que ella se asió y por la que peleó hasta tener lo que ahora tiene, un hogar. 6

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