Pues ya está aquí. Un año más, con semanas de adelanto, ya llegó la Navidad. Se nos ha venido encima como siempre, a golpe de luces equívocas y abetos de plástico. Se ha colado, como acostumbra, a través de los centros comerciales y poco a poco se irá extendiendo por las calles hasta surgir súbitamente en el televisor en forma de discurso del Rey.
Así que no nos queda nada de murga. Ya no hay forma humana de comparar dos pechugas de pollo sin ver a Papá Noel por todos los lados recordando que hay que estar alegres y, sobre todo, gastar la pasta en polvorones, peladillas y equipos de home cinema. Por delante esperan días de penitencia que se irá acentuando a medida que los ayuntamientos cuelguen horribles renos luminosos de las farolas y que las viejas glorias de la música perpetren sus tradicionales discos de villancicos.
Brotarán el espumillón y las bolas brillantes, todo esto antes de que acabe noviembre, y la sidra achampanada empezará a dejar rastro de ardores. Y a lo lejos la Navidad aparecera no ya como la fiesta entrañable que puede llegar a ser, sino como ese día que está en rojo en el calendario pero que no acaba de asomar por ningún lado, entre tanta bombilla tipo club nocturno, tanta promoción y tanta tabarra.
Así que preparémonos para lo que viene. Que tiemblen la cuenta corriente y el sentido estético. Ni la crisis ha podido con el poder comercial y plomizo de la pseudonavidad. Entre tanto, el portal de Belén, si hoy existiese, seguiría derruido y olvidado por todos. El Niño Jesús volvería a nacer en un pesebre, entre un buey y una mula huidos de la Política Agraria Común, y nadie se enteraría. Estaríamos todos entretenidos comprando en un centro comercial.