El ‘poder’ que los porteros de discoteca tienen hace que los ‘garbanzos negros’ cometan tropelías como las sufridas por Álvaro Ussía
J.M.F. Madrid
El sábado pasado volvieron a saltar a la palestra los porteros de discoteca, impopularmente llamados gorilas. El salvaje asesinato de Álvaro Ussía, al que patearon literalmente el corazón, en El Balcón de Rosales, que ingresa en el listado de discotecas malditas de este país, pone de relieve que la ley debe ser reformada y, sobre todo, el modo de tratar el siempre complicado mundo de la noche. La Comunidad de Madrid está en ello y su presidenta, Esperanza Aguirre, quiere agilizar una norma al respecto, con test de personalidad a los profesionales -el que mató al adolescente tenía antecedentes penales-, aunque debería hacerse lo mismo en el resto del país. Pero quizás la burocracia vuelva a hacer de las suyas. De hecho, 47 denuncias no sirvieron para que se evitara una tragedia mascada.
Lamentablemente, de poco sirven los minutos de silencio, la pintada con la palabra Asesinos junto a varios ramos de flores en la escena del crimen. Ni tan siquiera que el alcalde Alberto Ruiz Gallardón prometa que jamás se va a erigir una discoteca en esa zona.
Pero habría que hilar -o al menos intentarlo- más fino y preguntarse por las personas que velan por nuestra seguridad cada día, quitando a las Fuerzas del Orden, claro está. Hablamos de personas que tienen la posibilidad de utilizar la violencia física en una situación de riesgo para otras. “A mí es lo que más me gusta de mi trabajo. Poderle atizar bien fuerte a uno. De hecho, me aburría mucho como segurata en un edificio de oficinas, y me fui a trabajar a sitios de más marcha, como grandes superficies o incluso pabellones psiquiátricos o correccionales. Me gusta usar la porra (risas), pero siempre cuando está justificado, claro está”. El que hace esta declaración de intenciones podría llamarse Antonio, tener 36 años y ser de Valencia, pero no es así. No quiere dar pistas sobre su identidad o su cometido, pero puede revelar que trabaja para una empresa de seguridad en Andalucía, y que está muy puesto en estas lides, no en vano fue portero de discoteca en sus viejos tiempos y lleva una década larga con uniforme, corbata incluida.
A Manuel le sucede algo parecido, aunque no se dedica precisamente a vigilar sino a otros menesteres. Pega con la pluma y no con los puños. Es periodista. “Yo trabajé de portero de discoteca en una ciudad pequeña y está claro que la diferencia con una grande debe ser brutal, por eso no creo que mi historia sirva de mucho para reflejar lo que pasa en el gremio y para poder hablar del último suceso en Madrid. Porque allí tienes que hablar de las mafias y de que hay gente que quiere colar droga y a la que no puedes tocar”, comenta, al tiempo que añade que “los problemas no están en la puerta sino dentro. Eso es lo peligroso, porque cegado por las luces y con el ruido no sabes lo que te vas a encontrar, ya sea de frente o por la espalda. Te la pueden armar”.
El veterano Germán -otro nombre falso, como todos los de este reportaje salvo, desgraciadamente, el de Álvaro- está de acuerdo con él y, tras calificar a su colega andaluz de “fantasma”, indica que “es muy fácil echarle la culpa a los porteros de discoteca o a las empresas de seguridad, por no querer hacerse cargo del servicio”. Y añade argumentos: “Para que haya un enfrentamiento, deben haber aguantado bastante antes. Esto no justifica lo sucedido a ese pobre chico, pero están muy desprotegidos. La presión que tiene que soportar esta gente, a los que solo se les pide que sepan dar hostias, es tal, que muchos hasta se drogan. En cuanto a los profesionales, no pueden actuar porque su trabajo de vigilancia y protección solo lo pueden ejercer dentro de las instalaciones y no fuera. Es la ley. Además, no compensa por los problemas que siempre se originan y por el poco dinero que se puede ganar”. Aprovecha para reírse de los test de personalidad que suenan tanto ahora “como si fueran la purga de san Benito”.
¿Quién no ha escuchado historias que ya parecen cuentos? El mito de las zapatillas. No entras por llevar unas. En el fondo es triste que no te dejen adentrarte en un local por eso, ¿no? “Hombre, más triste es que te echen cojones y te digan que esas deportivas valen más de lo que cobras. ¡Y encima es que tienen razón!”, se carcajea Miguel, otro ex gorila que se dedicó al noble arte de no permitir el acceso a recintos a gente “que no se ajustara al perfil de lo que su jefe quisiera” para pagarse la Universidad. Ahora diseña hogares... Sigue así la estela del portero de discoteca con más pedigrí del mundo: sir Norman Foster.
Luis ha tenido que ver cómo no le dejaban entrar en alguna disco: “O ibas demasiado pijo o demasiado macarrilla. Se creen que son Dios. Algo parecido les pasa a los camareros: te sirven si quieren”.Recuerda cómo un conocido de su hermano se ponía un pañuelo en la cabeza en Pachá en Madrid para lograr la ansiada meta. Daniel es gitano y se ha sentido humillado en más de una ocasión cuando no le han dejado entrar a “divertirse sin más”.
En general, las tragedias se han dado en las grandes ciudades o en ciudades dormitorio-copas. No queda muy lejos un mes de enero de 2002 en el que el joven ecuatoriano Wilson Pacheco fue molido a palos y arrojado al mar en el Puerto Olímpico de Barcelona. Dos años después, en la misma zona, un hombre de 45 años también encontró la muerte a manos de gorilas. Lo curioso de todos estos casos, incluido el de Ussía, es que la consternación dio paso a los buenos deseos y a las soluciones. Así, días después de ese crimen, se anunció a bombo y platillo en Cataluña la primera academia para la formación de porteros de discoteca y salas de ocio. Se habló de test de personalidad y de muchas cosas más, pero las páginas de la sección de Sucesos de domingos y lunes continuaron saliendo teñidas de rojo techno.
“Básicamente, el que es un descerebrado en la vida lo es a un lado o a otro de la puerta”, sentencia Manuel, al tiempo que da un consejo a los porteros: “Utilizar el usted en todo momento ayuda”.