Estoy súper súper contento con el triunfo de la selección española de tenis en la final de la Copa Davis. Ha sido... no sé... genial. O sea... Eso: genial, genial.
Aún no me explico cómo le dejaron disputar el punto definitivo a un tipo que no lleva la media melena que parece parte del traje de tenista. “Hemos jugado guay, o sea un huevo, aunque el público presionaba mucho cuando llegaba al segundo servicio y en determinados momentos se rozó la mala educación”, decía el sudoroso tenista al finalizar el partido. Quieren convertir este deporte en un espectáculo de masas, algo que viene muy bien para las audiencias y los ingresos por publicidad, pero deben saber que las masas se tiran pedos, blasfeman y gritan cuando les apetece, sin mostrar sensibilidad alguna por la concentración que estoy seguro exige llegar al segundo servicio. Para trabajar en silencio, deberían haberse pensado su vocación hace años, porque ahora ya no están a tiempo de cambiar la raqueta por un violín.
Si tú eres gilipollas, la gente que te conoce dirá que eres un absoluto gilipollas. Pero si eres tenista y además gilipollas, entonces eres un indolente, que es de lo que al parecer tiene fama otro de los integrantes de la selección española de tenis. Y qué decir del ‘capi’ Sánchez Vicario, tan..., tan... ¡indolente!
No hay nada más aburrido que las celebraciones de un equipo de cualquier deporte cuando consigue un triunfo destacado. Es como una despedida de soltero pero con menos gracia aún. Tras su victoria, a la salida de la emotiva cena, con la ensaladera guay bajo el brazo, los mismos tenistas españoles que se quejaban del comportamiento del público argentino gritaban desde su furgoneta por las calles de Mar del Plata: “¿Dónde está la ensaladera, la ensaladera dónde está?”. Yo no sabré jugar a tenis, pero ellos no saben beber.