El paro continúa su implacable ascenso, reflejando como ningún otro indicador el terrible drama económico en el que se está sumergiendo este país, que encabeza con un 12,8% la cifra de los 27 países de la Unión Europea, cuya media está en el 7,1%. La explicación a esta diferencia está en que ningún país europeo está sufriendo como España el estallido de la burbuja inmobiliaria, sector que en su día fue el motor de la economía nacional y hoy se ha convertido en el mayor lastre. Al menos el ministro de Economía, Pedro Solbes, ha dejado de poner paños calientes a la situación, abandonando ese optimismo forzado al que Zapatero quiere someternos cada vez que habla de la crisis económica. Al ritmo actual de destrucción de empleo se alcanzará la cifra de los 4 millones antes del verano, fecha en la que puede comenzar a notarse la medida más acertada del Gobierno hasta el momento, que es la inversión de 8.000 millones en obra pública a través de los ayuntamientos. No se entiende sin embargo la cerrazón del Gobierno a no modificar unos Presupuestos que son en la actualidad papel mojado, ya que no contemplan la disminución de ingresos de este año ni la del próximo y sí en cambio un absurdo e irreal crecimiento superior al 1%. Esto provocará que no existan garantías de que se ejecuten las obras anunciadas y que durante todo el año haya que realizar modificaciones del Presupuesto siempre a la baja, ya que el Gobierno se ha comprometido, con acierto, a cubrir todos los costes que genere el paro y que no están contemplados en los Presupuestos, a la vez que inyecta dinero en el sistema financiero para apuntalar el crédito. Los españoles ya somos mayorcitos para reconocer una recesión y lo que necesitamos son líderes que llamen a las cosas por su nombre. Eso sí da credibilidad y quizás optimismo.