No por sabido deja de ser demoledor el informe de la Diputación sobre el futuro de muchos de los 1.500 pueblos de León. Lo cierto es que ya casi es así en muchas localidades donde en invierno apenas quedan tres o cuatro vecinos. La economía de muchas zonas de la provincia se ha basado tradicionalmente en la agricultura y la ganadería, dos sectores en claro retroceso. Por otro lado, las comunicaciones hoy no son las que eran hace dos décadas y no es necesario vivir al pie del trabajo. Un tercer aspecto, como el turismo, puede y debe servir para sostener muchos pueblos, pero es evidente que la ocupación de casas rurales –salvo en verano– se circunscribe a los fines de semana. Ante este panorama no hay que caer en el pesimismo, ni hacer del problema una batalla numantina. El futuro de los pequeños pueblos de León tampoco puede basarse en una economía ficticia basada en subvencionar al 100% a los que se queden en pequeñas localidades. La situación de León tampoco es ajena a lo que pasa en gran parte de España. Ejemplos cercanos son Zamora o Valladolid, donde casi la población de la provincia se concentra en el área metropolitana de la capital. España, no sólo León ni Castilla y León, está asistiendo también desde hace años a un éxodo del campo a la ciudad. Los ciudadanos quieren vivir en grandes urbes, con las comodidades de las grandes poblaciones. Los pueblos, no obstante, también pueden tener un futuro por descubrir ligado a las nuevas tecnologías. Sólo desde un planteamiento que no esconda los problemas se pueden sacar conclusiones positivas. Pero mantener los pueblos abiertos porque sí no es el argumento a poner encima de la mesa.